jueves, 26 de abril de 2012
V Salón de Cómic, Caricatura y Manga 2012 UPB
viernes, 12 de marzo de 2010
Nada que temer
#90
El estruendo de la puerta rompiéndose en pedazos lo despertó. Eran más de las dos de la mañana y en medio de la oscuridad oyó caer las astillas, tras ellas escuchó el estrépito de muchos pasos entrando a su hogar. Asustado, se sentó en la cama de manera instintiva, algo raro estaba sucediendo y deseaba saber que era.
Un escalofrío recorrió su espalda de abajo a arriba al sentir unas manos rodeándolo, era su madre, lo supo por su aroma.
—¡No se vaya a mover! —le dijo ella. Y en su voz notó el inconfundible estremecimiento del miedo. El sonido de algunos pasos se hizo lejano, mientras otros se acercaban entre sombras a su cuarto.
—¿Dónde está Libardo? —Gritó con fuerza un hombre, había rabia en su voz. Su madre lo apretó contra su pecho, mientras él buscaba en la negrura una señal para entender lo que sucedía.
—¡Estamos buscando a Libardo! —Gritó una segunda voz masculina, ésta se hallaba lejana, en el primer piso de la casa. Al no entender lo que pasaba él se aferró al cuerpo de su madre. De repente sintió que alguien entró a su cuarto, fue entonces cuando vio la primera arma de fuego en su vida, a diez centímetros de su rostro, apuntándole, la única imagen clara en aquella oscuridad.
—¡Este no es! —Gritó la voz tras el arma frente a él. Claro que él no era, sólo tenía 10 años de edad, aún no era culpable de nada.
—¡Aquí estoy! —Era Libardo quien hablaba, su tío—. ¡No le hagan nada a mí familia, aquí estoy! —Gritó, hubo silencio por unos segundos y de repente: ¡Pum!, ¡Pum!, ¡Pum!, ¡Pum!, ¡Pum!, cinco disparos. El arma frente a él desapareció tragada por la oscuridad, oyó pasos alejándose a un ritmo frenético y al final, el grito desgarrador de su abuela.
—¡Ay Dios mío, no puede ser! —Dijo su madre mientras lo dejaba en la cama, encendía la luz y corría hacia las escaleras que llevaban al primer piso. Él se levantó, encandilado por el súbito paso de la oscuridad a la luz, se acercó al umbral de la puerta de su cuarto y desde allí vio a su madre contemplando el primer piso.
—Lo mataron —dijo su madre. Él la vio caer sobre sus rodillas y romper en llanto.
Ya es de mañana. Y no recuerda haber visto el cadáver de su tío, no recuerda si durmió la noche anterior, le faltan algunas horas de memoria. El siguiente recuerdo que tiene, luego de ver a su madre llorando, es estar allí, parado en el balcón de su casa. Aferrado a la baranda metálica observa el lado norte del barrio el Guayabo, donde vive. Contempla, mientras respira el aire frío de la mañana, los primeros humos del tejar que se alza al otro lado del pequeño valle.
Dio la vuelta, dejó el balcón, entró en la casa, cruzó el segundo piso y bajó al primero. Buscó la puerta de la entrada principal, completamente destrozada apenas se sostenía por un gozne rebelde; allí se encontraba su abuelo, acompañado por dos policías quienes le tomaban declaración. Nunca había visto tan alterado a su abuelo, ni siquiera cuando le daño sus herramientas por estar jugando al constructor. Nunca, hasta éste día, le había escuchado decir groserías.
—Esos hijos de puta tumbaron la puerta pa´entrar —le oyó decir, mientras señalaba con la mano temblorosa los despojos de la puerta.
Desde su altura infantil, él no podía dejar de contemplar los ojos de su abuelo, rojos, más por la impotencia que por la vigilia o el llanto. Al igual que los policías siguió con atención las señas de su abuelo, quien reconstruía con fidelidad los movimientos que él y los asesinos hicieron.
—Escuché el ruido de la puerta y me levanté para ver que había sucedido —el abuelo, ahora envejecido, se puso bajo el marco de la puerta de su cuarto y miró la entrada—. Antes de que pudiera reaccionar ya tenía un tipo encima apuntándome, otro hijo de puta entro al cuarto y levantó a mi mujer —la abuela— a golpes, otros dos se siguieron pa´l cuarto de los muchachos. —Señaló en esa dirección mientras caminaba por el corredor, se detuvo en la puerta del cuarto donde Libardo dormía junto con su hermano; quien aquella noche, por fortuna quizá, se había quedado en la casa de su novia.
—Ellos gritaban que buscaban a Libardo —dijo su abuelo con creciente desespero en la voz. Los policías no preguntaban nada, sólo seguían al anciano como lo hacía él—. Libardo salió del cuarto con las manos en alto —su abuelo imitó los últimos movimientos hechos por su hijo. La voz se le fue dos veces antes de lograr continuar.
—Él salió con las manos en alto y les dijo a esos perros hijos de puta, que él era Libardo y pidió no nos hicieran daño —Unas pocas lagrimas escaparon de los ojos de su abuelo, era el precio para poder continuar.
—¡Ahí fue cuando le dispararon a mi muchacho! —El abuelo se recostó contra una pared y lloró mirando el suelo. Él pequeño no hallaba sentido en nada de lo contado, nunca supo si era culpa de la edad o del shock.
La policía y el anciano continuaron hablando pero él ya no les escuchaba. Toda su atención estaba ahora en el suelo, donde había mirado el abuelo, allí encontró tres orificios en la baldosa, grandes y profundos, un poco más allá un casquillo de bala. En ese instante aquella situación dejó de ser para él un mal sueño, su tío había muerto.
Sin saber que lo motivaba contempló aquellos orificios intrigado, no había sangre en ellos. Se preguntó si su madre y abuela se encargaron de limpiar la sangre de su tío después del levantamiento, o si no hubo sangre en absoluto, no había respuestas para él. Consciente ya de la muerte de Libardo, todo tomó un tinte surrealista. Volvió a escuchar las conversaciones que se daban a su alrededor, pero era ahora su abuela quien hablaba, misma historia, diferente ángulo. Luego siguió, discreto, a los policías, que discutían sobre trayectorias, pruebas y motivos.
—Cuatro de las cinco descargas impactaron en el cuerpo —decía quien parecía ser el perito—. Una de ellas erró el blanco, saliendo por una ventana —por fortuna no hirió a nadie en su camino hacia el olvido—. Una impacto en el pecho con orificio de salida en la espalda, la nevera la detuvo —La nevera de color azul celeste no parecía tener mayor daño que una hendidura, evidencia de la fuerza del impacto de una bala.
—Ya en el suelo recibió tres disparos —dijo el perito. Se levantó, miró a su alrededor, se dirigió hacía la abuela explicando que ya no había nada que ver dentro de la casa, se retirarían él y sus hombres para iniciar el proceso de investigación—. En casos así —dijo el perito sin el más mínimo asomo de tacto—, es poco lo que se puede esperar de la investigación, lo más inteligente que pueden hacer es irse de ésta casa, por su seguridad.
Irse de allí, del hogar, del mundo conocido, esa idea lo sorprendió. Pero más impactante para el pequeño fue la respuesta que su abuela dio a aquel policía.
—Libardo siempre decía que nos iba a comprar una casa para sacarnos de este barrio tan malo, y véalo, no nos compró la casa, pero con su muerte cumplió con sacarnos del barrio.
Aquellos hombres se fueron. La casa cambió de puerta y se llenó de rezos, las mujeres lloraban y los hombres maldecían. El aroma a parafina caliente mezclado con el olor del café tinto y la infusión aromática lo asfixiaban, el coro gutural de peticiones a las ánimas benditas del purgatorio lo horrorizaba. Él le daba la espalda a sus ritos, a su edad no los entendía, prefería contemplar por horas y en silencio el movimiento lejano del humo sobre el tejar.
No lloró por su tío, pero en su cabeza rondaba un único recuerdo sobre Libardo. A pesar de la tristeza que lo rodeaba, él sólo podía pensar en la sonrisa del hombre, del tío, quien pocos años atrás ante la imposibilidad de sus padres, lo acompañó a su primer día de escuela.
Sólo podía recordar la sonrisa del tío, que ante el miedo a lo desconocido que el pequeño experimentaba por enfrentar su primer día de vida escolar, antes que dejarlo presa del llanto como es la costumbre, prefirió quedarse con él toda su primera tarde de clases, para enseñarle que no había razón para llorar, por qué no había nada que temer.
—Altais—
lunes, 1 de marzo de 2010
Moleskine, acuarelas y pluma
Los ojos le pesaban, el sueño comenzaba a ganar la batalla frente a la consciencia, pero él continuaba esforzándose por teclear, por escribir algo —aunque fuese pésimo— para entretener a sus lectores. Ese grupo pequeño, pero fiel, de desconocidos —a los que apreciaba en secreto— que se interesaban por las tonterías que por años había publicado en su blog, ese espacio diminuto que le provocaba más alegría de la que se atrevía a confesar. Llevaba días sin publicar un cuento, una historieta, o esa unión aleatoria y circunspecta que se atrevía a llamar poesía. Algo se le tenía que ocurrir, se presionaba, y esa presión sólo lograba acentuar el bloqueo que le impedía crear.
Tomó su Moleskine, esa libreta mágica que tan sólo un par de meses atrás había llegado hasta sus manos desde Italia y que fue encontrada en Cali por una amiga suya que decidió sería buen regalo para él. En ella tenía apuntes, ideas, ensoñaciones, semillas de proyectos tan sólo vislumbrados. Recorrió con los ojos y el tacto una a una las páginas del Moleskine, leyó sus apuntes cuidadosamente y se maravilló con sus propias ideas, pero ninguna ellas estaba lista aún, no eran viables —que exigente se había vuelto consigo mismo—. Entonces observó una a una las ilustraciones que habitan las páginas del aquella agenda legendaria. Acuarelas y pluma se fusionaban en dibujos tan íntimos, tan diferentes, recordó allí las palabras de una amiga cuando él le permitió ver las imágenes de su moleskine:
—Que distintas son, estas son pinturas, pequeñas y muy distintas a cualquier imagen que hayas publicado en tu blog —dijo ella con un tono de maravilla y sorpresa que él no lograba entender—. Son muy intimas, en ellas puedo verte a ti de manera más clara, estas imágenes están formadas lejos de lógica narrativa que buscas en tus creaciones, deberías publicarlas.
Él recordó haber replicado que aquellos amigos que leían su blog no entenderían esos arrebatos ilustrativos, esas imágenes sueltas que carecían de explicación. De repente sus sentidos y memoria despertaron y vio sorprendido que a su alrededor, tirados en desorden y olvidados por mucho tiempo yacían cientos, quizá miles de dibujos, bosquejos, pinturas, fotografías y arrebatos creativos, que nacieron con el único objetivo de entretenerlo por unos minutos. Menospreciados, nunca recibieron más atención que la de su creador. En esa certeza surgió una idea, empezando por el moleskine, crearía un espacio en su blog para esas ilustraciones que ahora le exigían salir a la luz.
lunes, 8 de febrero de 2010
Toma multimedial de la Plaza Minorista Medellín
El pasado sábado 6 de febrero, se llevó a cabo la Primera TOMA MULTIMEDIAL AL VALLE DE ABURRÁ. Esta TOMA 1, apoyada por tomatodo.net, se desarrolló en la Plaza Minorista de Medellín. Emblemático lugar en el que se dieron cita cerca de sesenta fotógrafos aficionados, profesionales, twiteros, blogueros, entre otros; con la intensión de recorrer los espacios del mercado más tradicional de la ciudad y retratarlo con el fin de compartir nuestras miradas a través de la red. Bueno, yo fui uno de los participantes y aquí están algunas de las imágenes de mi recorrido por esta primera TOMA.
-Altais-
martes, 1 de diciembre de 2009
Sincronicidad
Como es natural en los hombres, buscó una explicación a semejante misterio, un niño en llanto por su tesoro perdido, un vendedor de globos madrugador en busca de fortuna, un ángel entregando bendiciones, o un demonio prodigando burlas. No halló explicación alguna, la calle estaba vacía.
Puso entonces los ojos sobre el globo rojo y se permitió disfrutar de la pericia con la que éste remontaba el aire. Se dejó llevar a las alturas, hacia pensamientos que sólo él puede saber y que las aves guardarán en secreto. Se recreó en ese globo rojo hasta que desapareció entre nubes, entonces descendió de nuevo al puente y continuó su espera, aferrado a su chaqueta para combatir el frío matutino. La calle seguía desierta.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
El viejo Óren
¿Qué hacer? se preguntó Pablo. De repente arqueó las cejas pobladas y su profusa chivera, y una sonrisa cruzó su rostro al encontrar la respuesta. Se levantó de la silla y apagó el ordenador, entonces se dirigió hacia su pequeña Biblioteca. De uno de lo estantes extrajo un pequeño pero rollizo libro de aspecto antiguo, Lo abrió y del compartimiento secreto que había en su interior saco una llavecita vieja y oxidada.

Con ella en la mano, y una sonrisa en el rostro, buscó en otro estante una carpeta negra en la que guardaba una serie de mapas. Los mapas, hechos por el mismo, cartografiaban un pequeño país en un mundo al que todavía no le ponía nombre. Con delicadeza tomó el primero de los mapas que había realizado y guardo el resto. Luego de asegurarse de que su cuarto estaba bien cerrado, Pablo prosiguió a abrir el mapa sobre el escritorio asegurando cada esquina con un libro.
A grandes rasgos el mapa detallaba un accidente natural donde tres ríos convergían en un lago dentro de un pequeño valle boscoso. Pasó su mano sobre el papel sintiendo la textura de la tinta, observando concienzudo la configuración de los objetos. Su mirada se detuvo en la esquina superior derecha del mapa, sobre un pequeño dibujo, un recuadro en cuyo centro se hallaba una silueta negra parecida a la abertura de una cerradura antigua.
Con calma y sin perder la risa, acercó la llave que comprara en una feria trashumante, a la cerradura en el papel. La llave comenzó a introducirse por el dibujo, primero lento y luego rápido, cuando hubo entrado todo lo que podía giró la llave con fuerza hacia la izquierda. Tras los sonidos de un mecanismo interno en movimiento, el mapa comenzó a desvanecerse hasta que sobre el escritorio sólo quedó una puerta blanca. Seguro de que nadie entraría en su cuarto durante su ausencia, atravesó la puerta.
Cruzar el umbral siempre le producía cosquillas. Al otro lado se encontró en un bosque de árboles altos y viejos, el rumor de un potente río inundaba el paisaje sonoro, la luz que se colaba por entre las copas de los árboles iluminaba el camino que llevaba hasta el lago. Ese camino ya lo había recorrido, llevaba a la casa de la persona más sabia que conocía, Óren, el viejo elfo del bosque. Caminó sin prisa disfrutando del paisaje, al llegar al portón de la casa tocó la campanilla tres veces para anunciar su llegada, así lo demandaba la etiqueta, luego de un segundo o dos la puerta se abrió y tras ella estaba el viejo Óren.
Sentados a la mesa, Pablo y Óren disfrutaban de una agradable taza de te de menta, saborear el te es un arte que se lleva a cabo en silencio, así que al terminó de su taza de te Pablo le dijo a Óren:
-Estoy bloqueado, quiero escribir pero nada se me ocurre. No se que me esta pasando, hace días que no logro aterrizar nada en papel. Quiero que me aconsejes viejo Óren.
-Mi querido Pablo, sólo puedo decirte que eres tu y no yo quien tiene las respuestas. Y mi consejo se limita a pedirte que de una buena vez te despiertes y escribas.
-Que me despierte y escriba, repitió Pablo.
Fue entonces cuando de repente se despertó. Levantó la cabeza del teclado donde se apoyaba, se estrujó los ojos para espantar el sueño, miró el luminoso monitor de su ordenador y escribió: Con el ánimo de redactar un nuevo cuento para su Blog, Pablo se hallaba sentado, hacia más de dos horas, frente a la pantalla de su ordenador.
martes, 13 de mayo de 2008
Ninfa
#30
El sonido neumático de las puertas cerrándose anunció la salida del tren de una nueva estación. Lento en un principio, pero en constante aceleración, el tren inició su marcha. Detuve mi lectura -Alicia en el País de las Maravillas- para ver en que estación me encontraba. Atrás quedaba la estación Poblado, próxima estación Industriales.
Bajé la vista buscando de nuevo el país de la maravillas, pero en el camino la vi, y me detuve. Allí estaba, sentada a mi lado, contemplando atenta la marcha inevitable del mundo tras la ventana frente a ella. Vivaces ojos negros enmarcados por sutiles arrugas, labios al natural acorralados por dos líneas de expresión que partían de su nariz para terminar cerca de las comisuras de su boca.
El rostro espolvoreado de tenues pecas daba cuenta de lo hermosa que había sido en su juventud, 45, o 50 años pesaban sobre sus parpados. Noté su cuello largo, y bajo este sus senos, un poco caídos, pero rebosantes aún de un poderoso atractivo. Los muslos firmes bajo la tela negra de su pantalón se cruzaban el uno sobre el otro. Su pie derecho se movía enérgico en el aíre, ansioso.
Sus ojos no parecían percatarse de mi evidente espionaje. Examiné con descaro el cuadro completo de su cuerpo delgado. Volví a su rostro, y noté que algunas canas coronaban el cabello corto, flor del cerezo. La deseé, anhelando lo que se ocultaba bajo sus ropas.
El tren aminoró la marcha hasta detenerse, el sonido neumático de las puertas abriéndose anunció el arribo a una nueva estación. Fingí leer para no incomodarla -quizá aquí se baje- pensé, no lo hizo. El sonido neumático de las puertas cerrándose anunció que una nueva estación quedaba atrás, próxima estación Exposiciones.
“Qué le corten la cabeza”, le gritaba la reina a Alicia. Levanté los ojos para mirarla, seguía observando más allá de la ventana, perdida en quién sabe que pensamientos. El tren aceleró, el vagón se agitó bruscamente, todos sentimos su fuerza y nos movimos con violencia. Fue entonces cuando mi mano derecha, con la que sostenía el libro, rozó con fuerza su muslo izquierdo, la miré apenado diciendo que lo sentía, ella me sonrió, y me vi cayendo por el agujero del conejo directo a sus brazos.
La imaginé desnuda. Sus dedos me llamaban atrayéndome hacia su regazo, vi su boca e imaginé mis labios acariciando los suyo, humedeciéndolos con mi saliva. Me deleité con el sabor de su piel, rendido entre sus brazos descubrí una a una sus curvas.
El sonido neumático de las puertas abriéndose y cerrándose acompaño la llegada y salida de las estaciones, Exposiciones, alpujarra, y San Antonio. Próxima estación Parque Berrío, era mi parada, allí la dejaría para siempre. Entonces la vi flotando sobre un pequeño lago de aguas tranquilas, abrazándome la contemplé y le di un beso, la despedida.
El sonido neumático de las puertas abriéndose indicó el arribo a mi última estación. Me levanté despacio, cerré el libro, y la miré. Continuaba perdida en sus pensamientos, ignorante de su espía. Sin decir nada me despedí para siempre agradeciendo lo que viví con ella. El sonido neumático de las puertas del vagón cerrándose a mis espaldas anunció la partida del tren.
sábado, 23 de junio de 2007
Quimera
Me conociste frío, sabes que de alguna forma lo soy. Pero tú, mí querida quimera, con tu voz de fuego abriste un camino llano hasta el crisol que te atreviste a nombrar como mi corazón. Allí depositaste tu semilla, y entre mis alas y tu cola acunamos lo que hoy sólo se puede llamar amor. Sabes que no me refiero a ese que rompe el alma, sino a aquel que tiempla el acero de la espada.
A ti te dedico la siguiente quimera, mi querida Natalia, no por que existan motivos para celebrar, sino por que te amo; por que aprecio que seas la única y más fiel lectora de mis arrebatos sin sentido, A ti que sabes expresar un sí cuando yo pienso en un no, te digo (Parafraseando a Oscar Wilde) El amor sólo puede alimentarse con lo bello y con lo bellamente ideado.
Quimera: Monstruo imaginario, que según la fabula, vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón. A todos aquellos que extrañaron mis post en las últimas tres semanas, querido lector, entregó la siguiente quimera como compensación por la incapacidad de actualizar mi blog en ese periodo. Antes les aclaro que el proceso creativo y escritural ha continuado sin detenerse, el problema sigue siendo la actualización. Pero no importa, usted y especialmente yo, sabemos que no me detendré.
Me desperté. Los minutos entre el baño y la llegada a la estación Envigado del metro fueron cortos. Mientras descendía por la escalera hacia la plataforma, descubrí que el hecho de que no estuvieras a mi lado, no era motivo suficiente para dejar de hablar contigo.
Al principio la dislalia marco la conversación; luego el ¿Cómo amaneciste?, ¿Cómo estas?, Y ¿Qué has hecho?, Llenaron el espacio entre tú y yo, mi querida lectora. El vaivén del tren en movimiento nos adormecía. Entonces, sin estar allí, pero tan claramente como podías, demandaste que yo fuera quien hablara, describiendo a tus oídos la ciudad en la que no estas y de la que yo a veces padezco.
Comencé esbozando el amanecer. Cuya luz caía sobre la ciudad en movimiento, como dando un beso a un amante que ya se conoce pero del que siempre se esperan sorpresas. Me miraste y sonreíste, cómo lo haces ahora al leerme en esa ciudad de la que padeces y en la que yo no habito. Un rayo de sol entró por la ventana del vagón cayendo sobre mi mano izquierda; rápida, pusiste tu mano sobre la mía atrapándolo entre ambos. Sentí la tibieza de tu mano delgada, de dedos cortos y uñas esmalte negro, y te sonreí.
Próxima estación Ayura, dijo una voz mecánica y sin acento. Nos levantamos para ver a lo lejos el barrio del que te fuiste. Una lágrima rodó por tu mejilla al ver los techos de San Fernando, de los que tu casa hace parte, bañados en oro, altivos, luciendo su mejor pose sólo porque ellos, así como yo, sabían que tú los estabas observando.
Nos sentamos. Tu abrazo, junto a la creciente luz, arrebató de mi pecho el frió de la mañana. Nos sumergimos en el estupor de los edificios de una ciudad que crece más hacia arriba que hacia los lados. Descendimos del metro hacia el centro de la ciudad, Inhalamos profundo saboreando el particular smog de la tacita de plata, cargado de ACPM, tinto de 200 pesos, buñuelos recién hechos y alcohol de ebrio trasnochado. Caminamos, sintiendo bajo nuestros pies la textura del asfalto, suavizado por incontables frenazos de conductores imprudentes.
Bebimos café, era imposible no hacerlo, y supimos sin duda alguna que es el mejor. Envalentonado por tu compañía me atreví a abrir la Rayuela de Cortazar, al azar tu escogiste el capitulo 149, leímos (…) Nos miramos, era perfecto. Pagamos. Caminamos por Junín, viendo las floristerías. Pero nos detuvimos en las librerías hurgando en los tesoros de otras tierras, buscando aventuras que no nos pertenecen. El tiempo paso, los pies gritaban de dolor. Decididos a descansar nos sentamos a la sombra de la Basílica Metropolitana. El Parque Bolívar se extendía frente a nosotros, no hablamos allí, pero al ritmo de las fuentes nos deslizamos entre las estanterías de la memoria, recordando.
Que día el de ayer, lo pasé tan bien, lo pasé contigo aunque no estabas. En la despedida me besaste, como yo te besara hace tanto tiempo ya. Te regalé una chocolatina, Jet por su puesto, la compartiste conmigo y guardaste el cromo para ti: 277. IBIS: Ave zancuda sagrada para los egipcios… Bajo un Guayacán amarillo en flor encontraste para mí el templo perfecto. Allí me quede, escribiendo estas líneas para ti Nata, mi única y más fiel lectora.
En el fin de los tiempos, ante el estrado de Dios, se encontraron dos hermanos que siglos atrás, en vida, habían dejado de hablarse. Alegando diferencias irreconciliables, basadas en la mutua incapacidad de entenderse dada la idiotez del otro, solicitaron a Dios, durante el día del juicio, que les enviasen a lugares distintos donde pudiesen estar solos por su cuenta. Cada uno reclamando para si el derecho a estar en el cielo dada la rectitud con la que vivieron en vida, y ambos despotricando del otro.
El coro celestial sorprendido por la soberbia y el desdén de aquellos hermanos, aunado al hecho de que recaían en más de un pecado, solicitaron a Dios arrojarlos al infierno en castigo por sus faltas. Dios meditó por unos segundos aquella situación, decidiendo por último que ambos estarían juntos en el cielo. Dicho y hecho, de inmediato el poder de Dios los mando al paraíso mientras en la tierra continua el juicio de las almas. Extrañados por aquella decisión el coro celestial preguntó al todo poderoso las razones por la que había enviado a semejantes pecadores al cielo de los justos.
-Aquellos son dos hermanos que no se aman -dijo la voz que venia del cielo- y al estar en el paraíso unidos por sus diferencias sólo les quedan dos caminos. Uno, continuar con su terquedad convirtiendo el paraíso en el justo infierno que se merecen, o dos, mirar más allá de sus odios para vivir juntos el paraíso celestial que les he dado. Cualquiera sea su decisión yo gano.
El sol se encontraba en su cenit, golpeando directo sobre las cabezas de la multitud que a lado y lado de la calle se atiborraban para ver el primer duelo en la historia de aquel pueblo. Sin más anuncio que la certeza de ambos, los duelistas desenfundaron con violencia sus armas. Dos detonaciones rompieron el silencio reinante, todos los allí presentes dejaron de respirar, mientras una pequeña y rápida nube cruzó el cielo arrojando sombra sobre la calle principal del pueblo.
El sonido de dos golpes secos contra el suelo anuncio el irremediable fin de aquella batalla. Tras parpadear aterrorizados, los habitantes del pueblo se dieron cuenta que los dos alcoholizados forasteros que habían decidido matarse, se encontraban parados el uno frente al otro sin ningún rasguñó. Una pregunta paso por la mente de todos, ¿Qué había sucedido?
Los gritos no se hicieron esperar. A espaldas de cada uno de los vaqueros en duelo yacía un cuerpo sin vida. Una niña y un anciano tirados en el piso, sobre una creciente mancha de sangre, ensombrecieron el día. Las miradas fueron de los cadáveres a los vaqueros, y sin mediar palabra la multitud se abalanzó sobre los asesinos. Algunos más cayeron por las balas restantes, pero el linchamiento no se detuvo.
miércoles, 16 de mayo de 2007
Constancia
Constancia, es el problema que por más dos años he tenido con mis más personales proyectos narrativos, uno de ellos La Caída. De ella hoy existen seis capítulos, tres de ellos terminados, tres iniciados y la historia total aun por descubrirse. La verdad ser constante es lo que debo lograr, pero como toda modificación sustancial de la personalidad esta requiere cantidades ingentes de voluntad para sólo ver el principio del camino. Bueno, por lo menos lo intento.
Deseo escribir, eso es lo único de lo que puedo estar seguro en este viaje. Sí existe talento, belleza, o arte, en lo aquí escrito correrá por cuenta de su percepción querido lector. Yo sólo doy rienda suelta a mi intuición, quizá el más sabio de los sentidos; relegado en este mundo “moderno” a la parte de atrás de la conciencia, velado siempre por la fría lógica, y la –a veces sin sentido- razón. Intuición, si; pero le aseguro a todos aquellos que se atrevan a acompañarme (y aquellos pocos que ya lo hacen), que lo aquí expuesto, a parte de ser (para bien o para mal) de mi completa autoría, pasa por un concienzudo proceso de creación, escritura, revisión, corrección, y revisión.
Grande o pequeño, largo o corto, interesante o no (para usted), todo esto refleja una importante parte de mi ser. Aquella que se ha revelado contra el que dirán y el miedo a ser juzgado. Así pues querido lector, lo invito a criticar.
La siguiente es la quinta entrada querido lector. La tercera aún se la debo.
Con calma enciende un nuevo cigarrillo, es lo único que tiene por ahora Constancia para apaciguar el frío. El día no ha sido bueno, la lluvia ha espantado a los habitantes del Parque Berrio y con ellos se han ido los clientes de Constancia. Una ventera de chicle, cigarrillo y menta.
-Que día tan maluco- dice Constancia. - Sí este aguacero sigue como va, no voy a hacer ni el nombre de dios-.
Bajo el atrio de la iglesia la Candelaria, mientras se acomoda el Plástico que la cubre, seca la mercancía que lleva en una caja de madera y cuenta las dos o tres monedas que ha hecho hoy. Durante veinte años Constancia ha recorrido las calles del centro de Medellín, Veinte años vendiendo sus cositas, cositas que le han dado de comer y como buen pobre, dice Constancia, con una sonrisa entre los labios:
-Hay que agradecerle a la virgencita de la Candelaria que nada me halla pasado-.
Con una profunda reverencia se echa la bendición. La gente que se atiborra dentro del templo no da mayor importancia a una ventera, sólo se preocupan por la hora en la que dejara de llover. Constancia Igual.
-Yo vivo en una piezita en el Chagualo. Madrugo a las seis y me vengo caminando pa´l parque, me vengo vendiendo cigarrillitos a los que madrugan pa´l trabajo y cuando llego acá al parque, sí dios me ayuda, ya tengo pa´l desayuno. Un buñuelo con tintico-.
Constancia se interrumpe para atender el negocio. Un hombre le pide un cigarrillo, ella le da un buen día y le muestra la mercancía. Él lo pide mentolado, le da los 300 pesos que cuesta y corre para perderse entre las húmedas calles que ahora se encuentran solitarias.
En las siempre estridentes calles alrededor del parque, por donde sin duda pasan o han pasado la mayoría de los habitantes de Medellín, sólo corren ahora las aguas lluvias; pocos se atreven a desafiar el frío, el típico bullicio ha sido reemplazado por el golpeteo desesperante de la lluvia. No hay gente en las calles y Constancia se resigna a su suerte, hoy solo venderá cigarrillos.
-La gente no come chicle cuando llueve, nada más fuma y toma tinto. Hasta hace unos yo vendía tinticos, una vez me llegaron esos descaraos de espacio público, dizque por lo del arreglo de Carabobo y alzaron con todas mis cositas. Me dañaron los cigarrillos, me regaron todas las mentas y tratando de quitarme de donde me siento- Constancia señala un muro bajo un árbol en el costado norte del parque -me quebraron tres cafeteritas en las que cargaba los tintos. Manada de hijueputas-.
Una nueva bocanada de su cigarrillo. -Yo empecé hace mucho, ni siquiera estaba el metro. También vendía cigarrillos, pero es que en esa época era distinto; esto por acá era lleno de barberías, de fondas, de tangeaderos. Por aquí mantenía más gente, en la noche esto era lleno de gente, no como ahora que todo mundo anda de afán y le huye al centro, por eso es que lo están arreglando. Ojala sirva, eso sería bueno pa´l negocio -.
La lluvia arrecia, empujando a la gente hacia el interior de la iglesia. Un paso atrás, una nueva bocanada de su cigarrillo.
-yo nací en Concepción, me vine pa´ Medellín jovencita, buscando otra cosa, ese pueblito no me gustaba, por eso no volví-. Su mirada cae sobre el suelo, el rostro arrugado parece buscar alguna respuesta en las aguas que corren por la acera. -Acá conocí a mi difunto marido, -Constancia se refiere a la iglesia- Enrique, que en paz descanse. Avemaría, eso era lo más loco que conocí, eso vivía de arriba pá bajo con las de Guayaquil, eso no eran sino dolores pa` mi. Pero es que a ese señor yo lo amaba, usted sabe que uno es bobo cuando se enamora-. Sonríe con los ojos perdido en el cielo, parece preguntarse si alguna vez dejara de llover.
-Lo único que yo no le perdono a Enrique es haberme dejado aquí solita. Me lo mataron en el hueco hace diez años ya, por robarlo. Pero que le va hacer uno. Uno esta con ellos por un tiempo, es como cuando llueve, lo único que uno puede hacer es buscar rapidito donde escamparse.
Un nuevo cliente, este se lleva medio paquete de cigarrillos, parece conocer a Constancia, la saluda cordialmente, cruzan algunas palabras acerca del clima y luego de darle un par de palmadas en la espalda se aleja corriendo, sosteniendo sobre sí una bolsa plástica.
-¡En el nombre de dios!-. Exclama Constancia, mientras se retoca la bendición, esta vez con dos mil pesos en la mano. -Bendito sea el señor que no lo desampara a uno, vea ya hice pa´l desayuno. Ojala dejara de llover, así no se puede hacer nada-. Constancia escruta la calle de derecha a izquierda y de regreso, busca clientes. Pero ellos junto al típico smog de la zona han desaparecido, los pulmones se abren para inhalar el aire fresco.
-Por lo menos esto por acá se pone bonito después que llueve. Ya debe estar que escampa-.
Constancia tiene razón, poco a poco el golpeteo de las gotas sobre el suelo va menguando, dando paso casi de inmediato al creciente bullicio del centro. La gente comienza a llenar las calles; como si nada hubiese sucedido regresa el estresante sonido de los buses, las emanaciones de gases a la larga mortíferos, los gritos indescifrables que aquí y allá inundan el paisaje sonoro del parque Berrio. Todo vuelve a la normalidad.
-¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!... ¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!...- vaya con dios mijo, dice Constancia. Se baja el plástico que la cubría de la lluvia, se mueve por la acera evadiendo los charcos, ya su encorvado cuerpo no le permite saltarlos; -¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!... ¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!...
Cruza la nuevamente atiborrada calle Palace, hace caso omiso a los pitos que exigen que cruce rápidamente la calle.
-¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!... ¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!...-.
Ya del otro lado de la calle, sus gritos no sobresalen por encima del estrépito general. De repente la lluvia recobra su reinado y el sonoro golpeteo del agua vuelve a inundarlo todo. Ahora Constancia se resguarda bajo un balcón, en otra cuadra, lejos de la aglomeración en la iglesia, quizá en otro mundo. Gracias a dios que no la desampara, ahora Constancia tiene para el desayuno.
lunes, 7 de mayo de 2007
Titán
Me gustaría poder excusarme diciendo que mi retraso se debe a los demandantes quehaceres humanos del trabajo y los estudios, que tanto tiempo consumen. Pero, tampoco estos son causa de demora en esta cruzada “quijotesca”. La verdad es que no existe excusa alguna, mi retraso sólo se presentó.
Aquí me encuentro querido lector, a dos horas de actualizar el blog, y con una semana de retraso en ello. Distraído, trato de averiguar cual de todas las cosas escritas en esta semana se convertirán, la primera en la entrada de la semana perdida(La Tercera) y la segunda la entrada de la semana por venir(La Cuarta).
Una libreta de un proyecto gubernamental, un pequeño cuaderno verde y una agenda, esta dos últimas hechas por mi, son el pozo donde se acumula todas las ideas escritas que me asaltan. Una y otra vez las he revisado hoy, buscando la luz que me mostrará el camino a seguir, los textos a elegir.
¿Cómo hicieron aquellos gigantes de leyenda, Cervantes, Borges, Cortázar (Usted escoja el suyo), para elegir con tino lo que debía decirse en sus obras, dejando de lado todo aquello que opacaba o deslucía sus escritos?, ¡Titanes! Sólo un titán se enfrenta a semejante reto y triunfa sobre el, consiguiendo con ello la bendición de crear una obra de arte.
Yo, yo no aspiro a tanto querido lector, pero en mi justa escala siento y sufro los efectos de esta terrible tarea de escoger que es bueno y que no, que quiero y que no debo decir. Decisión capital que puede convertirnos en completos idiotas o en extravagante genios. Para esta duda querido lector, a diferencia de la presentada en la segunda entrada, si tengo respuesta. La encontré hace mucho tiempo en un texto llamado 10 Recetas para Ser Feliz, de Alejandro Jodorowsky, escritor chileno al que adoro. La respuesta es:
"Cuando dudes de actuar, entre “Hacer” y “No Hacer”, escoge siempre hacer. Si te equivocas tendrás al menos la experiencia".
¡Lo he encontrado!
La entrada Metro de la universidad había quedado atrás y el parqueadero del 29 se alzó ante mí. Allí, a diario, se explayan a sus anchas incontables automóviles migrantes a tomar el sol durante el día entero.
La escena parecía normal. Los autos, cual lagartos en las Galápagos, permanecían acostados los unos frente a los otros, separados entre sí por estrictas rayas amarillas puestas en el suelo con el animo de asegurar una buena corriente de aire entre ellos, y la suficiente holgura para tomar el sol. Parecía normal, pero de repente sobre ellos, descubrí admirado que alguien los espiaba.
Una Libélula, orgullosa de su habilidad, flotaba sobre los tranquilos durmientes sin despertar sospecha alguna. Con gracia el sonoro insecto del orden de los Odonatos, de cuerpo largo, esbelto y de colores llamativos, con ojos muy grandes, antenas cortas y dos pares de alas reticulares, subía y bajaba entre los vehículos espiando con atención el interior de los durmientes.
¿Qué buscará?, Me pregunté. Entonces una idea me asaltó, y me detuve bajo el amparo de un árbol de mango para espiar en silencio al espía. Ansioso por descubrir el objeto de su interés, lo observé ir y venir por no más de cinco minutos. Infortunado, en apariencia, por su fallida empresa, el pequeño pariente de los dragones tomó altura poniéndose sobre los durmientes. Desde allí observó todo el lote dando un giro de 360 grados, al termino de este se detuvo con violencia, se había dado cuenta que él, el espía de durmientes, era espiado desde un árbol de mango por un curioso espía, parecido a los descendientes de simios que conducen durmientes.
Sus dos ojos compuestos se posaron sobre mi, el se dio cuenta que mis ojos bifocales se encontraban sobre él. Di un paso hacia delante con el animo de mostrar a mi colega espía que mi misión era de contraespionaje y no de exterminación. Pero el se movió con presteza, aumentando la distancia entre ambos; sabia lo que hacia, el había sido entrenado para conservar la vida a toda costa.
Sin quitar la vista de mi alado colega, con lentitud rodee entonces el silencioso grupo de durmientes. El hizo lo propio imitando cual reflejo mis movimientos. De repente pestañeé y al abrir los ojos el ya había desaparecido. Lo busqué, pero dejo la zona sin pista alguna de él o de sus objetivos. Continué mi camino con la vaga sensación de ser espiado, atento a nuevas escaramuzas.
Espere en las proximas 24 horas la segunda parte, correspondiente a la entrada de la tercera semana....




