miércoles, 16 de mayo de 2007

Constancia

Constancia, constancia, constancia, ese parece ser el problema. Escribir es fácil, digo, el acto físico de escribir parece fácil, pero actualizar el blog se esta convirtiendo en una seria dificultad.

Constancia, es el problema que por más dos años he tenido con mis más personales proyectos narrativos, uno de ellos La Caída. De ella hoy existen seis capítulos, tres de ellos terminados, tres iniciados y la historia total aun por descubrirse. La verdad ser constante es lo que debo lograr, pero como toda modificación sustancial de la personalidad esta requiere cantidades ingentes de voluntad para sólo ver el principio del camino. Bueno, por lo menos lo intento.

Deseo escribir, eso es lo único de lo que puedo estar seguro en este viaje. Sí existe talento, belleza, o arte, en lo aquí escrito correrá por cuenta de su percepción querido lector. Yo sólo doy rienda suelta a mi intuición, quizá el más sabio de los sentidos; relegado en este mundo “moderno” a la parte de atrás de la conciencia, velado siempre por la fría lógica, y la –a veces sin sentido- razón. Intuición, si; pero le aseguro a todos aquellos que se atrevan a acompañarme (y aquellos pocos que ya lo hacen), que lo aquí expuesto, a parte de ser (para bien o para mal) de mi completa autoría, pasa por un concienzudo proceso de creación, escritura, revisión, corrección, y revisión.

Grande o pequeño, largo o corto, interesante o no (para usted), todo esto refleja una importante parte de mi ser. Aquella que se ha revelado contra el que dirán y el miedo a ser juzgado. Así pues querido lector, lo invito a criticar.

La siguiente es la quinta entrada querido lector. La tercera aún se la debo.


#5

Con calma enciende un nuevo cigarrillo, es lo único que tiene por ahora Constancia para apaciguar el frío. El día no ha sido bueno, la lluvia ha espantado a los habitantes del Parque Berrio y con ellos se han ido los clientes de Constancia. Una ventera de chicle, cigarrillo y menta.

-Que día tan maluco- dice Constancia. - Sí este aguacero sigue como va, no voy a hacer ni el nombre de dios-.

Bajo el atrio de la iglesia la Candelaria, mientras se acomoda el Plástico que la cubre, seca la mercancía que lleva en una caja de madera y cuenta las dos o tres monedas que ha hecho hoy. Durante veinte años Constancia ha recorrido las calles del centro de Medellín, Veinte años vendiendo sus cositas, cositas que le han dado de comer y como buen pobre, dice Constancia, con una sonrisa entre los labios:

-Hay que agradecerle a la virgencita de la Candelaria que nada me halla pasado-.

Con una profunda reverencia se echa la bendición. La gente que se atiborra dentro del templo no da mayor importancia a una ventera, sólo se preocupan por la hora en la que dejara de llover. Constancia Igual.

-Yo vivo en una piezita en el Chagualo. Madrugo a las seis y me vengo caminando pa´l parque, me vengo vendiendo cigarrillitos a los que madrugan pa´l trabajo y cuando llego acá al parque, sí dios me ayuda, ya tengo pa´l desayuno. Un buñuelo con tintico-.

Constancia se interrumpe para atender el negocio. Un hombre le pide un cigarrillo, ella le da un buen día y le muestra la mercancía. Él lo pide mentolado, le da los 300 pesos que cuesta y corre para perderse entre las húmedas calles que ahora se encuentran solitarias.

En las siempre estridentes calles alrededor del parque, por donde sin duda pasan o han pasado la mayoría de los habitantes de Medellín, sólo corren ahora las aguas lluvias; pocos se atreven a desafiar el frío, el típico bullicio ha sido reemplazado por el golpeteo desesperante de la lluvia. No hay gente en las calles y Constancia se resigna a su suerte, hoy solo venderá cigarrillos.

-La gente no come chicle cuando llueve, nada más fuma y toma tinto. Hasta hace unos yo vendía tinticos, una vez me llegaron esos descaraos de espacio público, dizque por lo del arreglo de Carabobo y alzaron con todas mis cositas. Me dañaron los cigarrillos, me regaron todas las mentas y tratando de quitarme de donde me siento- Constancia señala un muro bajo un árbol en el costado norte del parque -me quebraron tres cafeteritas en las que cargaba los tintos. Manada de hijueputas-.

Una nueva bocanada de su cigarrillo. -Yo empecé hace mucho, ni siquiera estaba el metro. También vendía cigarrillos, pero es que en esa época era distinto; esto por acá era lleno de barberías, de fondas, de tangeaderos. Por aquí mantenía más gente, en la noche esto era lleno de gente, no como ahora que todo mundo anda de afán y le huye al centro, por eso es que lo están arreglando. Ojala sirva, eso sería bueno pa´l negocio -.

La lluvia arrecia, empujando a la gente hacia el interior de la iglesia. Un paso atrás, una nueva bocanada de su cigarrillo.

-yo nací en Concepción, me vine pa´ Medellín jovencita, buscando otra cosa, ese pueblito no me gustaba, por eso no volví-. Su mirada cae sobre el suelo, el rostro arrugado parece buscar alguna respuesta en las aguas que corren por la acera. -Acá conocí a mi difunto marido, -Constancia se refiere a la iglesia- Enrique, que en paz descanse. Avemaría, eso era lo más loco que conocí, eso vivía de arriba pá bajo con las de Guayaquil, eso no eran sino dolores pa` mi. Pero es que a ese señor yo lo amaba, usted sabe que uno es bobo cuando se enamora-. Sonríe con los ojos perdido en el cielo, parece preguntarse si alguna vez dejara de llover.

-Lo único que yo no le perdono a Enrique es haberme dejado aquí solita. Me lo mataron en el hueco hace diez años ya, por robarlo. Pero que le va hacer uno. Uno esta con ellos por un tiempo, es como cuando llueve, lo único que uno puede hacer es buscar rapidito donde escamparse.

Un nuevo cliente, este se lleva medio paquete de cigarrillos, parece conocer a Constancia, la saluda cordialmente, cruzan algunas palabras acerca del clima y luego de darle un par de palmadas en la espalda se aleja corriendo, sosteniendo sobre sí una bolsa plástica.

-¡En el nombre de dios!-. Exclama Constancia, mientras se retoca la bendición, esta vez con dos mil pesos en la mano. -Bendito sea el señor que no lo desampara a uno, vea ya hice pa´l desayuno. Ojala dejara de llover, así no se puede hacer nada-. Constancia escruta la calle de derecha a izquierda y de regreso, busca clientes. Pero ellos junto al típico smog de la zona han desaparecido, los pulmones se abren para inhalar el aire fresco.

-Por lo menos esto por acá se pone bonito después que llueve. Ya debe estar que escampa-.

Constancia tiene razón, poco a poco el golpeteo de las gotas sobre el suelo va menguando, dando paso casi de inmediato al creciente bullicio del centro. La gente comienza a llenar las calles; como si nada hubiese sucedido regresa el estresante sonido de los buses, las emanaciones de gases a la larga mortíferos, los gritos indescifrables que aquí y allá inundan el paisaje sonoro del parque Berrio. Todo vuelve a la normalidad.

-¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!... ¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!...- vaya con dios mijo, dice Constancia. Se baja el plástico que la cubría de la lluvia, se mueve por la acera evadiendo los charcos, ya su encorvado cuerpo no le permite saltarlos; -¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!... ¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!...

Cruza la nuevamente atiborrada calle Palace, hace caso omiso a los pitos que exigen que cruce rápidamente la calle.

-¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!... ¡Chicles!, ¡cigarrillos!, ¡mentas!...-.

Ya del otro lado de la calle, sus gritos no sobresalen por encima del estrépito general. De repente la lluvia recobra su reinado y el sonoro golpeteo del agua vuelve a inundarlo todo. Ahora Constancia se resguarda bajo un balcón, en otra cuadra, lejos de la aglomeración en la iglesia, quizá en otro mundo. Gracias a dios que no la desampara, ahora Constancia tiene para el desayuno.

-Altais-

2 comentarios:

  1. Costancia aún se pasa por el Parque Berrio? has tenido noticias de ella?

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  2. Costancia aún se pasa por el Parque Berrio? has tenido noticias de ella?

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