domingo 8 de noviembre de 2009
1600 Balas (Sexta Parte)
#77
El pecho comenzó a dolerle, parecía respirar fuego. Correr con Marcela a cuestas exigía demasiado a su cuerpo, pero no importaba, tenerla contra su pecho le fortalecía. Sin aminorar su marcha se dejó caer en un recuerdo, uno en el que la sombra no podría seguirle. Uno que sabia necesario para seguir adelante…
Y allí estaba de nuevo, en el reino de la memoria, rodeado del pasado, degustando las sensaciones ya vividas. Y fue así que luego de mucho buscar entre los objetos del cuarto de su hermana, no halló más que la certeza de que él, le había fallado como hermano. Nada parecía tener o provocarle esa mística y profunda conexión que se da con las pertenencias de un ser amado, nada parecía tener lo necesario para ser el amuleto que buscaba. Con tristeza aceptó que no le había ofrecido amor, que nunca le abrió su corazón a la niña que tanto le pidió jugar. Las lágrimas desbordaron sus ojos, y lloró con más fuerza al saber que esas mismas lágrimas eran lo único sincero y abierto que jamás le ofreció.
-¡Soy un hijo de puta! –recordó haber gritado. Desesperado arremetió contra las cosas del cuarto, arrojó las muñecas, pateo la cómoda, levantó la cama y la tiró contra un muro. Lloró y gritó un poco más. Y al abrir los ojos vio en el suelo, donde antes estaba la cama, un avioncito de papel, arrugado, pisoteado, viejo. Recordó que él lo hizo para ella de mala gana, ese avioncito nunca voló. Lo tomó, se sentó en el suelo, lo contempló, era lo único que lo ataba a ella pero sabía que no serviría como amuleto pues no estaba mediado por el amor.
Delicadamente lo desarmó, era una vieja hoja de papel en blanco. A su lado vio, tirados en desorden, los crayones de su hermana. Tomó uno y luego otro, con el rosado escribió en el papel la más inverosímil palabra que se le pudo ocurrir y al releerla supo sin duda que hacer. Con los crayones dibujó en la vieja hoja, usó todos los colores, pintó todos los detalles que pudo, al final contemplo su obra y sonrió tímidamente.
–Esto tiene que funcionar- se dijo. Dobló nuevamente el papel siguiendo los quiebres de la hoja, el avioncito cobró de nuevo su forma, lo prensó con fuerza para eliminar algunas arrugas y se aseguró un par de veces que este volara; satisfecho lo guardó en el bolsillo de su camisa favorita, la blanca y se fue a su propio cuarto a dibujar lo necesario para su viaje…
Las paredes del recuerdo se deshicieron en volutas de humo al ver que frente a él por fin apareció la puerta de su cuarto. No se detuvo, arremetió contra ésta, que se abrió con un estruendo tal que pareció un trueno. Dejó a Marcela sobre la cama, la contempló por un segundo y procedió a trancar la puerta con todo mueble que halló. La silla, la mesa de dibujo y el nochero fueron apilados lo mejor que pudo, sabía que estos no darían mucha resistencia, pero eran mejor que nada.
Miró alrededor, sorprendido notó que su cuarto no parecía diferente. Bajo sus pies encontró sus armas y munición, tan sólidas como el cuerpo de su hermana quien dormía sobre la cama. Buscó entre el armamento tirado por el piso y tomó la ametralladora Thompson, su arma favorita de todos los tiempos, fue la última arma que dibujó. ¿Y cómo no hacerlo? -recordó haber pensado- sí iba a enfrentarse a lo desconocido, equipado tan sólo con su fe puesta en algunos garabatos sobre papel, lo haría sosteniendo el detallado modelo de un arma con actitud y estilo, esa era su Chicago Typewriter, la Thompson, aquella que todo personaje que amaba en la gran pantalla sostenía como lanza y escudo. Tomó un par de tambores de balas, la cargó, apretó con fuerza las empuñaduras de madera, inhaló y espero frente a la puerta.
-Una vez te encuentres en el cuarto, enfrentaras en duelo a la sombra –los ojos de la anciana desaparecieron ocultos por una caprichosa sombra-. Debes debilitarla, sólo así, cuando su fuerza haya menguado, podrás despertar a la niña de su sueño. Entonces usaras el amuleto que te liga a ella, recuerda que debe ser algo mediado por el amor, con la fuerza suficiente para romper el influjo de la bestia y recordarle a ella que pertenece a nuestro mundo y no al de la oscuridad.
Sin más aviso que un súbito estruendo, supo que la hora final había llegado. Un nuevo estruendo y vio como la puerta y la barricada se agitaban. Un último estruendo y la barrera cedió ante la fuerza de la criatura, que entró de un salto, rugiendo, escupiendo bocanadas de cucarachas que cubrieron el cuarto; inquietas invadían su santuario y parecían susurrar palabras de odio. Dio un paso atrás agobiado por la que sin duda era la visión de la cólera pura.
Entonces una inesperada lluvia de fuegos artificiales silbó cruzando el cuarto para estrellarse contra la oscura silueta. Había comenzado a disparar, pero sólo hasta ahora se daba cuenta. La ametralladora expelía incesante rayos de luz, estridentes, que volaban por el cuarto describiendo cabriolas y volteretas, para detonar en forma de estrellas, círculos, flores, y constelaciones en el cuerpo de la bestia; que se convulsionaba y retorcía echando cenizas a cada impacto.
-No debes detenerte –insistió la anciana con los ojos perdidos aún en la penumbra-. Una vez comience la pelea sólo deberá parar cuando uno de los dos pida clemencia al otro. Tendrás que hacer lo posible para que tu monstruo sea quien busque en ti el descanso, de lo contrario no habrá esperanza para nadie.
Con cada estallido, con cada bala usada la sombra pareció encogerse. Arrinconada chillaba con desespero, sus lamentos provocaban en él escalofríos de miedo, como si una hoja de sierra le cortase la espalda. Firme sostenía su arma en pos del engendro, no le daría oportunidad para arremeter contra él.
No era conciente de cómo o por que sucedía, pero las balas dibujadas por él no dejaban de alimentar el arma. De repente se preguntó si la munición sería suficiente para terminar la tarea –¿Por qué no hice más de mil seiscientas balas?- pensó. Fue cuando escuchó que su hermana, a su lado, susurró pidiendo la compañía de alguien cuyo nombre no logró escuchar. Se detuvo y la buscó con la mirada esperando, esta vez, estar ahí para ella; la niña se movió buscando comodidad en la cama y regresó solitaria hacia el silencio. El terror recorrió su cuerpo al darse cuenta que había descuidado a la sombra, la buscó, pero ya no estaba. Corrió hacia Marcela, la abrazó.
-Marcela, hermanita despierta. Tengo algo para ti –La niña entornó los ojos tratando de enfocar el rostro frente a ella, pero no parecía reconocerlo-. Marcela tengo un amuleto, es algo especial; se que no he sido un buen hermano y quiero que me perdones por eso. Es mi culpa, todo lo que te ha pasado es mi culpa; pero encontré algo y te lo quiero dar. La anciana me dijo que tenia que encontrar algo que nos uniera, la verdad no hay mucho, pero se que esto es especial y quiero que lo veas.
Llevó su mano izquierda hacia el bolsillo de la camisa en busca del viejo avioncito de papel; pero se detuvo al ver que, bajo sus pies, el suelo negro se convulsionó como si tuviera vida. Tarde se dio cuenta que por sus piernas subían miles de cucarachas, siseando llenaban sus oídos de palabras que comprendía con la terrible certeza de la decepción. Era su propia voz, eran sus palabras, eran las miríadas de groserías, incoherencias, excusas, impertinencias, ofensas y tonterías que había pronunciado a lo largo de su existencia. Estaban allí, en boca de millones de cucarachas que lo consumían atiborrando su cuerpo de la más profunda vergüenza.
-¿Acaso mi voz nunca ha dicho nada bueno? –Preguntó en voz alta-. ¿Sólo soy la sumatoria de infinitas quejas?- Si, parecieron decir al unísono los insectos. Agitó su cuerpo, ahora negro, tratando de sacarse los bichos. Manotear no parecía funcionar, por cada golpe dado, una veintena de parásitos caían muertos, pero cien más llenaban prontas el espacio. Se arrojó contra las paredes, rodó por el piso, gritó tratando de acallar el recuerdo de sus omisiones pero nada parecía liberarle.
-¿Lo ves? Sólo eres un niño perdido, el remedo de un hombre. –Era la oscuridad quien hablaba, estaba dentro de su cabeza-. Un cuerpo vacío, es tu culpa lo que eres, por tu culpa la niña se perdió. Vino a mí buscando quien la amara pues tú sólo tienes ojos para ti. Te daré un presente, te daré la memoria que has querido ahogar con tu adicción. Ven conmigo, te enseñaré lo que te niegas a ver.
Concluirá…
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1600 balas (Primera Parte)
1600 balas (Segunda Parte)
1600 balas (tercera parte)
1600 Balas (Cuarta parte)
1600 balas (Quinta parte)
-Altais-
viernes 23 de octubre de 2009
domingo 18 de octubre de 2009
Emilio
Dedico esta ficción a mi querida amiga Antonia Ruiz, quien creyendo que el siguiente texto es un buen cuento (Yo tengo mis reservas), se animó a ser la ilustradora de ésta historia. Ella es una maravillosa artista amante del collage, si pinchas aquí, podrás ver como hizo ésta ilustración y conocerás su bellísimo blog llamado Medellín Multicolor. Te invito a que lo visites, te puede alegrar el día.
#75
–Pero la verdad no entiendo tu pregunta Emilio –y así comienza esta historia–. Esa idea de que has perdido tu imaginación es tan tonta, que equivale a decir que la Luna ha desaparecido del universo tan sólo por qué una socarrona nube la ocultó en una noche lluviosa.
Emilio frunció el ceño y se cruzó de brazos tratando de acorazarse, como las tortugas cuando se siente agredidas por cualquier liebre con ínfulas de grandeza. –Pero..– Intentó decir, y fue callado tan rápido que tan sólo pudo gesticular dos de los tres puntos suspensivos necesarios para señalar que la frase es interrumpida por otro interlocutor.
–Pero supongamos que así fue –continuó diciendo el interlocutor, de quién aún no sabemos su forma y nombre (Cuando se me ocurra con mucho gusto se los describiré)–. Y la Luna, que ahora por efectos metafóricos representará tu imaginación, ha desaparecido dejando sola a la pobre y achacosa tierra, que como tú, tiene un serio problema de gases.
–¡Hey! –gritó Emilio aprovechando que aún tenía la boca abierta y aire para gesticular.
–Hey Nada. A todos nos pasa de vez en cuando, con un cambio en la alimentación se arregla. Pero no me interrumpas. Ahora que sabemos que andas por el sistema solar dando vueltas erráticamente sin un satélite que te equilibre, poniendo en riesgo tu integridad física y la tus vecinos ¿Qué es lo primero que harías?
–Bueno, creo que lo primero que haría seria marearme por dar tantas volteretas –Emilio sonrió al sacarse de la manga ese, según él, as humorístico.
El interlocutor entornó los ojos inquisitivo y asintió: Es lógico –Dijo–. Ya vamos llegando a algo. Pero el quid del asunto es encontrar la Luna que según tú, se ha caído del universo. Entonces ¿Qué harías?
–Bueno –dijo Emilio, he hizo una corta pausa con el animo de parecer meditabundo, pero todo era un teatro, ya sabía que responder antes de comenzar esta línea. Y fingiendo una súbita epifanía pronunció–. Haría una taza de Té.
–¡Genial! –gritó el interlocutor, que en secreto sabía hacia donde se dirigía Emilio con aquella idea. Pero como no quería robarle a aquel muchacho la emoción de la invención, en silencio, se limitó a tomar con cuidado la tetera, que ya silbaba por el agua hirviente.
Como es dado en toda ceremonia sirvió con solemnidad, precisión y delicadeza una taza de refrescante Té verde, primero a su atormentado invitado y luego a sí mismo. Emilio espero que él dragón terminase de servir para tomar con una reverencia su taza de té. Bebió un primer sorbo para medir la temperatura y probar el sabor. Realmente no le supo a nada pues se quemó la lengua, no dijo nada, no mostró dolor, esto según la etiqueta. Entonces contempló a su anfitrión, a quien procedo en este momento a describir.
Este dragón era un dragón típico, y con típico quiero decir que era un pez Koi bastante común. De esos que encuentras en Japón luchando contra la corriente de un rió, tratando de llegar a lugares montaña arriba que sólo los koi conocen o quieren llegar. Común como aquellos que ves en cualquier tienda de mascotas, dentro de una pecera, con semblante filosófico preguntándose que barrera invisible u obra del creador les retiene en un segmento cúbico de espació acuático, condenados a contemplar un naufragio o un castillo, que la verdad nunca vieron descender.
Nuestro anfitrión es un típico representante de su especie, tiene 26 años (Se han dado casos de especimenes que han llegado a vivir 65 años), mide 60 centímetros y su peso ronda los 25 Kg, pero a él le gusta decir que es fuertecito. Es omnívoro, resistente a una gran variedad de condiciones climáticas. Presenta una característica espina dorsal serrada y sus escamas son largas y finas, de un color Áureo rojizo con algunos toques dorados en las puntas. Sus aletas, pectoral, dorsal, pélvica y caudal, largas y amarillas como alas de tul. Por cierto su nombre es Koi (Je, je, je, esa no se la esperaban), del japonés コイ Koi, que puede significar una de tres cosas según se lo use: "Carpa", cuyo homónimo también significa "Amor" o "Afecto". Eso dice él, yo japonés no sé.
Y para acabar, Koi vive en una pecera redonda, esa si poco común por su tamaño, como los frascos abombados en los que les dan bailarinas a los niños. Sencilla, pero muy bien cuidada. Fondo de piedrilla blanca y negra y como buen dragón tiene un castillo de plástico en el cual duerme. A un lado de éste, un baúl con un tesoro que proteger, el cual misteriosamente se abre con regularidad para dejar escapar burbujas de aire.
Ya que esta descripción me ha tomado más tiempo del que esperaba, me saltaré toda la parte en la que Emilio y koi discutieron los pormenores del plan a seguir para encontrar la luna y diré que:
Dejaron sobre la mesa de té las tazas ahora vacías, se levantaron como manda la etiqueta y caminaron muy tiesos, muy majos. Se preguntaran ustedes –y me pregunto yo– ¿Cómo demonios hace un pez Koi dentro de una pecera, para caminar? Y les respondo: La pecera tiene rueditas, con neumáticos negros de cara blanca, muy comunes en las peceras de este tipo de dragones.
Después de una corta y revitálizante caminata llegaron a la gran tetera que les serviría de medio de transporte. Entraron en ella, encendieron los quemadores de gas y juiciosamente llenaron de aire caliente el globo del que se servía la tetera para volar. Por que las teteras, por muy extraño que les parezca este cuento, no vuelan por si solas.
Majestuosos se separaron del suelo, elevándose por sobre la tierra que a cada segundo se hacia más chiquita. Durante el ascenso pudieron ver pasar el globo de los hermanos Montgolfier y cruzaron algunas palabras con sus navegantes, los primeros seres en viajar en globo en la historia de la humanidad. Una oveja, un pato y un pollo.
–¿Han visto la Luna? –preguntó Emilio, con rostro preocupado–. Se ha perdido por mi culpa y la busco ¿la han visto?
–Mmejjj, Mmejjj –baló la Oveja, con cara de ofendida.
–Quack, Quack –graznó sin interés el pato.
–Piagr, pia, piaag, Piagr – pió el pollo, visiblemente consternado.
Al no entender nada, Emilio y Koi tomaron como negativas aquellas respuestas y siguieron su ascenso. Vigilantes siempre de los vientos y corriente de aire. Volar de esta manera demanda mucha pericia y atención, aún para Emilio, que sabe de esas cosas por tener la cabeza llena de aire caliente.
Entonces, después de un tiempo no falto de emociones y peligros, llegaron a donde se suponía debía estar la luna (o la imaginación de Emilio, ya no sé), osease a exactamente 384.400 kilómetros del cuarto de este, su presente narrador. Pero como era de esperar allí sólo había un vació con un diámetro de 3.474 kilómetros y un volumen de 21.860.000.000 de kilómetros cúbicos. Para mayores señas, el hueco dejado por la imaginació… digo, por la luna; se sentía, veía, dolía, y era tan grande como el vacío de hambre que te entra cuando tienes dos horas de atraso para almorzar, por culpa de ese endemoniado informe que no quieres hacer.
Emilio se recostó en el borde de la tetera, cabizbajo y taciturno (Sí, son sinónimos, y redundan, pero se ven tan bonitos juntos), contemplando la oscuridad del universo, infinita y profunda, y a pesar de ello tan cercana y claustrofóbica.
–¿Será que el destino sólo me depara un eterno viaje sin descanso, en busca de una meta a medias entendida, que espero llene un constante vacío?
–¡Escandaloso! –dijo Koi en tono burlón–. La vida es un divertido juego de rompecabezas, lo que debes hacer es tratar de acomodar lo mejor que puedas las piezas que te ofrece día a día. Juntarlas en un sólido bloque de líneas que te permitan construir un muro-base sólido para vivir. También hay que aprender a dejar atrás el pasado, hay que ir eliminando escalones, así no te ahogas y haces puntos de felicidad que te permiten continuar en el juego.
–¡Pero que tonterías dices! –respondió Emilio indignado–. Eso lo dices por que llevas dos horas jugando Tetris en mi Game Boy y no me has prestado ni atención, ni mi juego.
–Jejejeje, sí –Dijo Koi, y luego de algunas onomatopeyas más de risa prosiguió–. Pero eso no le quita certeza a mis palabras y mucho menos opaca el hecho de que rompí tu anterior record de Tetris por diez mil puntos. –Koi se agitó en su pecera y arrojó el game boy a Emilio–. A demás todo es cuestión de apegarnos al plan y continuar con nuestra búsqueda.
–¿Pero cual plan? –preguntó Emilio hosco, molesto por lo mojado que estaba el aparatejo y por el hecho de que efectivamente habían roto su record–. El plan es tan tonto y simple que el narrador prefirió ignorarlo antes que contarlo. Todo se reduce a hacer un globo de aire caliente, usar una tetera gigante como canastilla, cargar la bodega de ideas e ilusiones y cruzar el universo hasta encontrar la Luna… ¿O a mi imaginación?... Ya no recuerdo, todo es muy confuso para mí a esta altura.
–Se te olvido mencionar –burbujeó Koi–. Que junto con todo eso escribirías un diario de viaje con las particularidades de esta empresa.
–Ni me lo recuerdes, la tinta está molesta y las plumas ya me insultan por no mirarlas siquiera. Por lo menos el globo y la tetera funcionan mucho mejor de lo que esperaba –sentenció Emilio.
–A ya ves que si hay de que alegrarse. Es qué ahora vemos quien vive encerrado dentro de un pecera y quien no –borboteó Koi.
–Oye no me hables de esa manera, tu podrás ser un dragón pero…
Y ¡¡¡Puach!!! (Como dice Maria Antonia), que por andar discutiendo se dieron de frente contra un asteroide, por fortuna deshabitado. Y le rompieron un letrero que decía en grandes letras blancas: Se arrienda / Asteroide B613 / Buena vista / Libre de Baobabs / Televisión por cable / Interesados llamar. Como quien dice la tetera encalló y ahora había que descender al asteroide para desencallarla. En silencio se pusieron sus trajes espaciales, una máscara de lucha libre mexicana para Emilio –creo que de la legendaria Amenaza Enmascarada– y una tapa amarilla para cerrar la pecera de koi, ante todo la seguridad. Y ¡¡¡Flush!!! (Como dice Maria Antonia… No me pregunten por ella, sólo tiene una función referencial en esta historia), descendieron al asteroide debidamente atados a la tetera.
Efectivamente el asteroide parecía una buena parcela, tenía una excelente vista, y vecinos extraños. En el asteroide de al lado, un niño rubio le hablaba a una flor dentro de una pecera si agua.
–Hay que ver las cosas que uno tiene que ver en este universo –sentenció koi refiriéndose al niño rubio–. Vive y aprende.
Con cuidado usaron un gato para levantar la tetera. El pobre gato chilló, arañó, se convulsionó, perdió algunos pelos, maldijo lo indecible, se hernió, pero cumplió con su cometido y desatoró la embarcación. Ya libres y en vista de que habían perdido mucho tiempo decidieron acelerar el paso de la tetera y junto con ella el ritmo de esta historia.
Fue así que cruzaron el universo, enfrentando como es de esperar los más variados y pendencieros peligros. Vencieron en carrera a Piratas espaciales en las marismas de la constelación de Argo Navis. Codo a codo lucharon junto a Oberón para recuperar a la bella Titania de las garras de Teseo. Cabalgaron el poderoso pájaro Dodo para cruzar las arenas del desierto de sueño, donde sí te descuidas dormirás hasta que tu cuerpo se haga parte de la arena. Se relajaron un poco y en Corvus cazaron algunos zombies, para pasar el rato; En Apus, Emilio se enamoró profundamente de Sibila, quien le rompió el corazón al confesarle que ella era tan sólo una visión del amor venidero, y que tendrían que esperar a que el momento fuera el adecuado para conocerse de verdad, y ver si habría química (Mujeres!). Koi encontró en Horologium el secreto de la naturaleza de los dragones. Bueno, tampoco era tan secreto, los dragones están hechos de sabiduría; por cierto Emilio perdió temporalmente la ceja izquierda al descubrir que la sabiduría es combustible. Vueltas dieron y deshicieron a lo largo, ancho, alto y bajo de la creación; la tetera volante, que en algún punto de la historia –olvidado por mi– comenzó a llamarse Kyusu, probó ser un excelente vehiculo y un inmejorable almacén para los mil y un tesoros recogidos por éste par de intrépidos personajillos. Pero a pesar de todo lo que pasó y lo que no pasó, Emilio aún no encontraba la luna, ni a su imaginación.
Regresaron entonces, como es dado en toda buena historia, al punto de partida. Se sentaron de nuevo a la mesa y prepararon en silencio una nueva tasa de té. Esta vez recordaron que yo, su querido narrador, soy un simple humano y me da sed al narrar semejante historia. Fue así que me invitaron a la mesa y me ofrecieron, como dicta la etiqueta, una tibia y refrescante taza de té verde. Sentados pues lo tres protagonistas de está fábula, comenzaron una cordial charla con el objetivo de dar fin a esta aventurilla de cinco páginas.
–Está es una de las historias más curiosas que he narrado en mi carrera –interpeló el narrador, conocido por muchos nombres, pero que en esta oportunidad se presentó como Nodus Secundus.
–Ha estado llena de sobresaltos, misterios y una que otra lección –dijo Koi haciendo cara de satisfacción al recordar el camino recorrido.
–Pero no he encontrado mi imaginación –dijo Emilio y no sin cierto desencanto–. A demás por andar haciendo metáforas hace varias noches que no disfrutamos de una luna llena.
–Pero sí la Luna está allí –señaló Nodus con el índice derecho. Y por increíble que parezca Emilio y Koi miraron con curiosidad la punta del dedo de Nodus–. Ahí no, par de… Allá a lo lejos, en el cielo.
Y nuevamente por increíble que parezca, la Luna, tan llena como podía estar, colgaba del firmamento como si nada le hubiese pasado jamás.
–Y esto que contiene –Exultó Emilio que no podía creer lo que veía.
–Pues lo que era de esperar, la Luna siempre ha estado allí me temo –dictó Koi, que ahora servia su segunda taza de té–. Simplemente hasta ahora nos permitimos verla de nuevo.
–¿Qué? ¿Y mi imaginación? –Y otra vez Emilio frunció el ceño y se cruzó de brazos tratando de acorazarse, como las tortugas cuando se siente agredidas por cualquier liebre con ínfulas de grandeza–. ¿No estarán insinuando que yo, en un arranque de quien sabe que apetito, me dio por ignorar mi propia imaginación, dudar de su existencia y creer que se me había caído de la cabeza?
–Exacto –respondieron al unísono Koi y Nodus.
–Pero y todo el viaje, lo que hicimos ¿De qué sirvió pues? –dijo Emilio.
–Pero es que acaso te parece poco muchacho terco –reprendió Nodus. Algo apenado por alzar la voz, cosa impropia en un invitado a la mesa del té.
–Vamos Emilio, ya estas más calmado, y los lectores y yo esperamos que nos des tus conclusiones de este viaje –dijo el viejo dragón, al que ya se le antojaba retirarse a su viejo castillo plástico.
Entonces Emilio tuvo una idea, fue un súbito vibrante destello de luz, parecido al piquete de una hormiga de fuego en la parte de atrás de la cabeza –un poco doloroso la verdad–, pero era un idea, pequeña, como todas las ideas. Clara muestra de que algo en él volvía a la normalidad, y eso era lo que importaba. Dijo pues en tono solemne:
–A veces sólo necesitamos que alguien, un amigo, nos recuerde que las cosas que buscamos están más cercanas de lo que parecen.
–Va muy bien ¿y qué más? –dijo Nodus.
–En la oscuridad la imaginación trabaja más activamente que en plena luz.
–Muy bien –felicitó koi.
–Así que cuando, en medio de la oscuridad, te sientas solo, perdido, derrotado, o sin imaginación –Hizo Emilio una pausa emotiva–, lo que debes hacer es volver a jugar ese juego de tu infancia que te hacia muy feliz. En mi caso viajar por el universo.
Se miraron los tres en silencio, satisfechos ya por encontrar un buen fin para una curiosa historia.
Estos fueron los hechos como, más o menos, ocurrieron. Juro por la sagrada moraleja que no he tergiversado esta historia más allá de lo absolutamente necesario, siempre con el fin de divertiros. Recuerda siempre que “no deberías confiar en el cuentista; sólo en el cuento”. Y por favor, vuelve a jugar ese juego de tu infancia que te hacia muy feliz.
-Altais-
lunes 5 de octubre de 2009
Vidas Breves
#74
Inspirado por el titulo del octavo arco argumental de Neil Gaiman en The Sandman, y por el titulo de una las primeras historietas escritas por Alan Moore, tomo de ellos el titulo VIDAS BREVES, para dar amparo y cuerpo a una idea que se me antoja interesante.
Vidas breves compendiará lo que sólo atino a explicar (y comprender) como instantes de revelación, momentos en los que todos nos vemos iluminados o aterrorizados por la contundencia con la que el lenguaje de la realidad nos habla, impresiona, revela, intimida o enseña. Esos instantes son cortos, fugaces como el brillo de un cocuyo cuando andas por un sendero oscuro, cuando te percatas de su fulgor ya no está, te preguntas si fue real, sí solo lo imaginaste o si fue el destello de un alma en pena.
Oraciones y párrafos cortos, sólo las palabras necesarias para enunciar el fenómeno serán la regla de estas Vidas Breves. Por su naturaleza etérea, no podré ver todos esos fenómenos que me asaltan, a veces no tendré donde escribirlos, así que te invito a contarme tus instantes de revelación, aquí en Bestiario serán bienvenidos y tendrán un espacio en el que, yo y esos seres extraños y maravillosos llamados lectores, les admiraremos y discutiremos. Aquí los primeros cuatro:
- Se despertó, disfrutó de los dos maravillosos segundos de inconsciencia que hay después del sueño, puso el pie en el suelo para levantarse y al sentir el frío de la cerámica tuvo la certeza de aquel sería un día terrible. Altais
- Una nueva idea ha estallado en mi cerebro !!BOOM¡¡ ahora la adrenalina impulsa mi mano contra el papel, la tinta debe correr o seré consumido por la decepción... Crear, para mí, siempre ha sido una carrera contra la muerte. Altais
- Mi imaginación se ha desbordado hacia lugares no deseados, acelerando sin freno da vueltas a temas, que más que iluminarme, me atormentan. Esto no es poesía, la verdad me duele la cabeza y temo que estalle. Altais
- Nada como golpearte una encía, mientras te cepillas los dientes, para sentirse vivo. Altais
-Altais-
lunes 21 de septiembre de 2009
De regreso...
Bueno, sí aún queda alguien que me lea, he regresado (Eso esperamos). Y como es mi naturaleza dar explicaciones, le dejó un comentario gráfico sobre el porqué llevo una buena temporada sin actualizar mi Bestiario. Espera a demás el fin de 1600 balas y un par de nuevos cuentos.
-Altais-












