lunes 8 de febrero de 2010

Toma multimedial de la Plaza Minorista Medellín

#87



El pasado sábado 6 de febrero, se llevó a cabo la Primera TOMA MULTIMEDIAL AL VALLE DE ABURRÁ. Esta TOMA 1, apoyada por tomatodo.net, se desarrolló en la Plaza Minorista de Medellín. Emblemático lugar en el que se dieron cita cerca de sesenta fotógrafos aficionados, profesionales, twiteros, blogueros, entre otros; con la intensión de recorrer los espacios del mercado más tradicional de la ciudad y retratarlo con el fin de compartir nuestras miradas a través de la red. Bueno, yo fui uno de los participantes y aquí están algunas de las imágenes de mi recorrido por esta primera TOMA.


-Altais-




viernes 5 de febrero de 2010

Hechos de Metal #5

#86

-Altais-

miércoles 6 de enero de 2010

Hechos de Metal #4

#85

-Altais-

martes 29 de diciembre de 2009

1600 Balas (Séptima Parte, Final)

#84


Y allí estaba de nuevo, en su cuarto, los audífonos cuidadosamente embutidos contra sus oídos. El volumen, al setenta por ciento. La canción, “Children of Decadence”. La sensación, decepción. Respiraba agitadamente, lagrimaba, estaba alerta, su corazón a mil. Sabía lo que necesitaba para abrazar la calma, lo acaba de comprar, estaba en su puño, el polvo mágico. Lo único suyo en aquel mundo al que no pertenecía. Con cuidado preparó su dosis, un poco de agua en la cuchara, unos gramos de polvo, calor por unos segundos; tomó la jeringa y contempló como el líquido subía por la aguja llenando el émbolo. Hule quirúrgico alrededor del brazo derecho y en el justo instante en que se iba a inyectar, entró ella al cuarto. Maldita niña, era su hermana, la culicagada por la que todos se desvivían, el centro del mundo. Inoportuna desde que nació, siempre encontraba la forma de arruinarle el día.


-Hermanito ¿has visto a mi Tróbol?

-No preciosa, sólo tú puedes ver a tu amigo imaginario.

-Qué no lo puedas ver no lo hace imaginario. Él es real y se me ha perdido.

-¿Y ya buscaste en el último lugar donde jugaron? –Quería deshacerse de ella.

-No, me da miedo ir al sótano, allá está el monstruo y creo que lastimó a mi Tróbol. ¿Puedes acompañarme?

-No, estoy ocupado, ve tú sola.

-Pero me da miedo, quiero que me acompañes y no estas haciendo nada.


Desesperado por la interrupción arremetió contra ella, la tomó del brazo y apretó con tanta fuerza como pudo. Esta vez le daría una lección y un morado en el brazo le haría pensar dos veces antes de una futura interrupción.


-Mira, hermanita preciosa, no tengo tiempo ahora, estoy ocupado.

-No me aprietes el brazo, duele. No me gusta cuando te pones así hermanito, ¿Otra vez estás jugando con la jeringa?

-¿Qué? ¿Qué estas diciendo culicagada? -La certeza de saberse atrapado por su hermana le llenó de ira, la sacudió un par de veces.

-¡Me lastimas!

-¡Entonces habla!

-¡No me grites! He visto cuando te encierras en el cuarto a jugar con una jeringa, no sé que es lo que haces pero siempre te pones muy mal.

-¡Culicagada cuantas veces te he dicho que no me espíes! –le pegó en el rostro, no sintió nada al hacerlo, sólo la golpeó.

-¡Suéltame! –Ella luchó para soltarse, y con los ojos llenos de lágrimas corrió para poner distancia entre ella y ese monstruo. Buscaría a su Tróbol, él sabría ayudarla.

-¡Eso, corre, y que no te vaya a ver por aquí molestando, niña malcriada!


El la vio alejarse y Resopló, como el ogro del cuento, de cualquier cuento, de todos los cuentos. Azotó la puerta de su cuarto y la cerró con llave. Lleno de ira se puso de nuevo los audífonos, subió el volumen a cien y se inyectó. Maldijo a su hermana y se dejó caer de nuevo en el sopor.


-Vez como son distintos los recuerdos cuando no los llenas de auto compasión- Era la voz de la sombra que resonaba en las paredes de su memoria, pero no la veía y él seguía allí sentado, drogado. –Ahora viene lo divertido -le susurro tiernamente al oído-. Esto es lo que no quieres ver, pero sabes que debes hacerlo.


Llevaba unos minutos inmerso en su letargo, pero no era placentero. La droga sólo había exacerbado la rabia que la niña le provocó. Corría por el límite del sueño escapando de monstruos mundanos pero terribles. Tras él, le pisaban los talones el trabajo que perdió, la carrera que dejó, la decepción de su padre, la compresión de su madre, la inocencia de su hermana, todos le recordaban lo inútil que era, lo poco que valía. Aceleraba esperando escapar, pero olvidaba que en el límite del sueño podemos correr pero nunca huir.


Con los ojos entreabiertos, vio como la puerta se entornaba y una sombra desencajada y terrible se movía al otro lado. Sintió su corazón estallar en pánico cuando la sombra abrió la puerta, entró y simplemente se quedó frente a él, estática, contemplándole desde unas sinuosas oquedades, juzgándole. Sólo fue un instante, sólo fue el purgatorio. Esa cosa le dio la espalda y desapareció.


-¡Hey! Espera un segundo –las paredes de su recuerdo retumbaron otra vez- ¿No es acaso esa sombra la que según tu se llevó a tu hermana? ¿No es acaso por esa sombra que buscaste una bruja?

-Sí –Respondió, quitándose con ello un poco del letargo de la memoria-. Esa sombra eres tú, tú te llevaste a mi hermana.


Una risa similar al maullido de un millar de gatos inundo el paisaje sonoro.


-Esto es divertido… Para mí desde luego. –Dictó la bestia que ahora estaba sentada a su izquierda, sobre la cama, usando la jeringa como mondadientes- Haremos algo, miremos de nuevo tu encuentro con esta sombra pero esta vez, como lo hice antes, quitaré el velo de auto compasión que te has impuesto y disfrutaremos de tu recuerdo ¿Te parece?


Y de nuevo estuvo allí, con los ojos entreabiertos, vio como la puerta se entornaba y una sombra desencajada y terrible se movía al otro lado. Sintió su corazón estallar en pánico cuando su hermana abrió la puerta, entró y simplemente se quedó parada frente a él, estática, contemplándole desde unos sinuosos ojos vacíos, juzgándole. Sólo fue un instante, sólo fue el purgatorio. Marcela le dio la espalda y desapareció.


Se levantó, como el ogro enloquecido de aquel cuento, rugió, y movido por la vergüenza y la decepción de saberse el monstruo de esta historia, persiguió a la niña. Desamparada ella corrió hacia el sótano en busca del único ser que podría defenderla. Tras ella, él gritaba, delante de él, la niña lloraba. La vio correr hacía el sótano en pos de su amigo imaginario. La vio lanzarse por las escaleras desesperada, alcanzó a ver como descendía despacio en dirección del suelo, pero nunca vio el restó. Antes cerró la puerta del sótano, trancándola. Y regreso a su letargo, al letargo del ogro de cualquier cuento.


-Y aquí es donde entro yo –dijo la penumbra mientras las paredes del recuerdo se desvanecían y regresaban al cuarto donde es encontraba Marcela durmiendo tranquila sobre la cama-. Por tu culpa la niña se perdió. Vino a mí buscando quien la amara pues tú sólo tienes ojos para ti. Ella cayó de lo alto, muy propio de los ángeles, y yo abrí los brazos y la acune en mi seno.


-Nunca te rindas –dijo la anciana contemplado un Ouroboros con el que ahora jugaba. –El arma más terrible de la oscuridad es la verdad, cuando nos perdemos en sus tierras, la verdad se nos presentará como una espada fría y certera, a diferencia de Damocles no podemos escapar, se clavará profundo en nosotros dejándonos a merced de la muerte. Pero tu, mi muchacho, ni siquiera ante ella deberás detenerte.


-¡No! –Gritó él, y ahora dotado de la verdad, conciente de ser el verdadero monstruo de está historia, arremetió contra la sombra intentando asirla para desgarrarla. La sombra hizo lo propio para defenderse, y se enzarzaron en una pelea que los llevo al suelo, cruzando puños y golpes, gritos y maldiciones. Mientras forcejeaba con la bestia logró meter su mano en el bolsillo de la camisa, sacó el avioncito de papel y con esfuerzo lo arrojó en dirección de su hermanita, que seguía dormida, atrapada en su jaula invisible, perdida, ajena al barullo de la pelea.


Describiendo vueltas y giros erráticos, el avioncito cruzó el espació que los separaba, al final se lanzó en picada contra su objetivo y cayó entre las piernas. La niña, aletargada, extendió su mano y tomó el avioncito, lo acercó hacia su rostro y lo desarmó buscando las líneas de color que se insinuaban en el papel. Lo abrió, contempló la imagen sobre la hoja, y un leve fulgor apareció en los ojos de la pequeña que con voz temblorosa leyó la palabra escrita por su hermano: TRÓBOL.


-Pero, sí es mi Tróbol – dijo la niña mientras sonreía y contemplaba el detallado dibujo que había bajo la palabra Tróbol -Es mi amigo Tróbol -repitió con más fuerza la niña que ya no contemplaba un dibujo, frente a ella se alzaba un criatura rosa, de patas cortas, y brazos largos y fuertes, manchas verdes, y un par de inyectados ojos azules que miraban con furia a la terrible sombra que golpeaba al hermano de la niña por la cual existía. La niña sonrió y abrazó por la panza a su amigo. Tróbol la acarició, le sonrió y en perfecto e incomprensible troboliano le dijo algo a la niña, que lo soltó.


Bufando, Tróbol arrojó contra la sombra un estridente rugido de colores que hizo temblar la trama de la irrealidad, lanzando a la bestia por el suelo en una incompresible mezcla de sombras y colores que se convulsionaba violentamente.


Él se levantó, y corrió para abrazar a Marcela, la apretó contra su pecho, ella hizo lo mismo.


-Estas herido- Preguntó la niña, cuyos ojos comenzaban a llenarse de lagrimas.

-No importa Marcela, lo único que me interesa ahora es que estés bien.

-Gracias hermanito.

-¿Por qué?

-Tróbol es hermoso, lo retrataste como yo lo quería.

-Lo hice con amor, para ti. Es grande y fuerte, también es muy inteligente, sabe muchos cuentos y juegos y estará contigo para protegerte.

-Quiero ir a mi cuarto, quiero descansar.

-Ya te llevaré. Pero antes quiero pedirte que me perdones, he sido un monstruo contigo, soy un mal hermano, pero quiero que me creas cuando te digo que te amo.


Marcela no dijo nada, tan sólo se apretó más contra su hermano y le dio un beso en la mejilla. El sonrió. Se levantaron y contemplaron a Tróbol, la criatura felpuda, que desde la distancia muy tranquila, dominaba a gusto a la sombra.


-Ahora que entiendes el ritual, sus pasos y las implicaciones de realizarlo, debo decirte una verdad –la anciana clavó su ojo en él-. La bestia no puede ser vencida, lo único que podrás hacer será debilitarla lo suficiente para negociar con ella. Deberás entregar algo a cambio de la libertad de tu hermana.


-¿Negociar? ¿Negociar qué?

-Eso no lo se, sólo tú puedes averiguar eso.

-Pero…

-Vete ahora, debes prepararte. Que Jesús, su madre y todos los santos te acompañen.


Ya no quedaba más por hacer. Con Marcela tomada de la mano se acercó a la sombra, que bajo el dominio de Tróbol, no parecía tan atemorizante. Se arrodilló, se aseguró de que Marcela no pudiese escucharle y susurró a la bestia palabras que calmaron sus convulsiones. Se levantó y pidió a Tróbol que soltase a las sombra. Éste farfulló en perfecto troboliano, sin dejar a la sombra, Marcela rió por la impertinencia dicha por su amigo, pero ni él o la sombra entendieron lo dicho.


Acompañado por Tróbol, cargó a la niña sobre su pecho, la abrazó y beso, mientras la llevaba a su cuarto. Al dejar el santuario, se dio cuenta de que una extraña luz blanquecina comenzaba a roer la irrealidad, se preguntó si ya amanecía o sí el efecto de la medicina de la bruja comenzaba a pasar. Se apuro, y llevó a Marcela hasta la cama. La cubrió y la acunó.


-Es hora ya de que duermas, Marcela.

-¿Y te quedaras conmigo a dormir? En caso de que venga la sombra.

-No preciosa, no puedo.

-Pero…

-Tranquila, ya nada ni nadie perturbará tu sueño o te molestará. Te lo prometo.

-¿Y Tróbol?

-El se quedara contigo, es mi regalo par ti, el te cuidará y te contará todas las historias que desees, conoce cuentos maravillosos.

-¿Y vendrás mañana, para que juguemos?

-No Marcela, tengo que confesarte que no me volverás a ver.

La niña rompió en un llanto tenue, las lágrimas tibias cayeron en las manos de su hermano.

-Te quiero Hermanito

-Y yo a ti hermosa Marcela. Eso es lo único que importa. Yo te llevaré en el corazón, como lo hice mientras no estuviste.

-Yo te sentí, nunca dude que vendrías por mí, te voy a recordar.

-Gracias Marcela.

-¿Por qué?

-Por salvarme.

-¿Hermanito?

Marcela vio a su hermano desvanecerse en el aire. Ya no estaba. Entonces el sueño tocó sus parpados y durmió.


-Es hora pues –dijo la sombra, no sin cierto tono de decepción en su voz-. Respetaré el acuerdo hecho, por regresar una cosa tomada sin permiso, recibiré a cambio una cosa ofrecida de corazón. Es la ley. Tu hermana irá a donde van las almas inocentes.


-Y yo me iré contigo –dicho esto, él, sin nombre en su memoria, sintió una punzada en el pecho. Un súbito y doloroso frío comenzó a ganar su cuerpo, subiendo por los pies-. ¿Qué me pasa?


-Mueres hijo. No creerías que tomar heroína mezclada con quien sabe que porquerías de bruja, pasaría por tu cuerpo sin cobrar el precio. Estas experimentando una muerte por sobredosis, disfrútala.

Allí estaba él, por primera vez en su vida consciente. Consciente para asistir a su propia muerte, para pagar el precio. Es la ley de equivalencia, una existencia vivida en el letargo, sólo es compensada por una muerte en la consciencia.


Fin.



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1600 Balas (Sexta Parte)

-Altais-

jueves 24 de diciembre de 2009

¡¡¡¡ FELIZ NAVIDAD !!!!

-Altais-