martes, 3 de agosto de 2010

El último cigarrillo y nos vamos…


—Es difícil no quemarse de vez en cuando al fumar ¿Verdad? —preguntó mientras se hacía consciente de la navaja que se apoyaba amenazante contra su espalda, justo encima del riñón derecho.
—Viejo esto es en serio —dijo el ladrón, aún de rostro desconocido, a su oído izquierdo.
—Todos tenemos días malos ¿Verdad? —rió insatisfecho, pero sin miedo.
—Si, hoy te tocó a vos guevón. Ahora dame el dinero que tengas encima —increpó el ladrón y acentuó sus palabras empujando la navaja contra el cuerpo de su victima.
—Ese es el problema viejo, acabo de gastar lo último que tenía en una cajetilla de cigarrillos, no tengo un peso encima —esta vez le pareció prudente no reír, pero sentía cada vez mayor curiosidad por su aparente falta de miedo.
—No me jodas maricón, bájate ya de lo que tengas encima perro, o te chuzo.
—Viejo, es la verdad, no tengo nada. Todos tenemos días malos y hoy sólo tengo sangre para ofrecer. Si le sirve, chúceme —lento, sintió disminuir la presión de la navaja contra su espalda. La mano que lo retenía por el cuello cayó a un lado y pudo respirar mejor. Lentamente giró sobre sus pies y pudo ver el rostro de su atacante. Un niño, no más de dieciséis años, con un rostro indefinible entre la excitación, el miedo y el desconcierto.
—¿Seguro no tienes nada guevón? —la navaja fulguró amenazante bajo la luz amarillenta de un poste de alumbrado cercano.
—Tengo cigarrillos —respondió, inconsciente llevó su mano hasta el bolsillo de la camisa y sacó los cigarrillos, con la misma mano abrió la cajetilla y ofreció al chico malencarado un cigarro.
—¡Quédate quieto perro! —sobresaltado el niño dio un paso atrás y levantó la navaja.
—Tranquilo viejo, no pasa nada ¿Quiere un cigarrillo? —el niño lo miró desconcertado—. Relájese, sólo es eso, yo no voy a hacer nada y los dos necesitamos fumar.
—¡Mucho ojo! —dijo el ladronzuelo que tímidamente tomó un cigarrillo y lo llevó a la boca.
—No pasa nada —dijo él mientras sacaba el encendedor de un bolsillo del pantalón—. ¿Cuándo has tenido un cliente tan calmado como yo? —llevó el encendedor cerca del rostro del niño y delicadamente prendió su cigarro. Confiado de tener ahora el control de la situación, rápidamente sacó un cigarro para sí mismo, lo encendió e inhaló.
—Que maricada —susurró el niño ladrón—. Y yo que creí que sólo tendría que hacer esto una sola vez esta noche.
—A veces no conseguimos lo que deseamos —aspiró nuevamente y exhaló, el humo pareció quedarse estático entre él y su atacante, los rasgos del niño se diluyeron, aquel le pareció ahora el rostro de un fantasma—. Yo llevaba 5 años sin fumar y ahora por culpa de una mujer inhalo humo como si fuera oxígeno.
—¿Por una vieja? Qué razón más pendeja para fumar —el niño sonrió y apuró una profunda bocana de nicotina.
—La verdad no veo mejor razón para hacerlo, en fin —quedó en silencio. El desconcierto al recordar el rostro de aquella mujer, de quien sólo obtuvo algunos besos y mucha desazón se dibujó en su rostro, dio un par de pasos y se sentó en unas escalas cercanas.
—Bueno, no hay mejor razón ¿Y qué fue lo que pasó? —preguntó el ladronzuelo con genuina curiosidad. Movido por la inercia de su fallida presa se sentó a su lado, contempló su cigarrillo, se acercaba peligrosamente al filtro.
—No lo sé, algunas cosas se me escapan. Creo que como a vos me falló el instinto, juzgué mal, creí ver en ella a la indicada, que sólo tendría que hacerlo una vez más ¿Me entiendes, lo de conquistar? Creí que era especial, me esforcé, me abrí ¿Me entiendes? Pero ella resultó ser menos de lo que esperaba. En fin.
—¿Entiendo? Claro viejo, entiendo. A todos nos ha pasado creo yo —en ese momento la navaja pasó de su mano a un bolsillo, jugó un poco con el cigarrillo entre sus dedos, ambos meditaron en silencio. Inhalo por última vez el cigarro que le diera un extraño, lo arrojo al suelo y lo pisoteó—. ¿Se fuma más rápido cuando uno está acelerado, no?
—Sí, es la ansiedad. Yo fumó cuando la recuerdo, inhalo para tragarme lo que pasó y la exhalo a ella, escupo el humo que dejó. Me imagino que es una catarsis —en ese punto acabó su cigarrillo y lo arrojo tan lejos como pudo. El rescoldo en la punta del filtro brilló en la oscuridad y estalló al golpear el suelo. Sacó de nuevo la cajetilla, la abrió, sólo quedaban dos cigarros.
—Que tipo tan gracioso —el ladrón rió y su rostro perdió todo aspecto amenazante, ahora sólo era un niño precoz.
—Sólo quedan dos cigarrillos —extendió la cajetilla ofreciendo uno al chico, seguía pensando en ella.
—¿El último cigarrillo y nos vamos? —preguntó el muchacho mientras sacaba su parte del botín.
—Vale.

Sentados en silencio fumaron despacio bajo la luz de un poste de alumbrado eléctrico, aislados del mundo por una cortina de humo contemplaron la calle solitaria.
-Altais-

6 comentarios:

  1. A veces, los que deberían ser verdugos son sinceros compañeros. En ocasiones, las víctimas se convierten en salvadores.

    Un poco sobre las vueltas que da la vida. Yo ya tengo mareo.

    Muy bueno. Besos

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  2. Touché. Dan ganas de parar el mundo y bajarse de el.

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  3. Está chevere. Hace rato no publicabas historias cortas y a vos te quedan muy buenas.

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  4. Gracias, tengo un montón de trabajo acumulado que espero publicar.

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  5. Viejo, estoy engomado con el dibujo y me parece que me podés asesorar un poco sobre las herramientas a utilizar.

    Por favor, mandame un correito con el listado de instrumentos tuyos, y los lugares donde los has conseguido.

    Muchas gracias.

    neronnavarrete@gmail.com

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  6. Con mucho gusto viejo.

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