lunes, 9 de noviembre de 2009

1600 Balas (Sexta Parte)

#77

El pecho comenzó a dolerle, parecía respirar fuego. Correr con Marcela a cuestas exigía demasiado a su cuerpo, pero no importaba, tenerla contra su pecho le fortalecía. Sin aminorar su marcha se dejó caer en un recuerdo, uno en el que la sombra no podría seguirle. Uno que sabia necesario para seguir adelante…


Y allí estaba de nuevo, en el reino de la memoria, rodeado del pasado, degustando las sensaciones ya vividas. Y fue así que luego de mucho buscar entre los objetos del cuarto de su hermana, no halló más que la certeza de que él, le había fallado como hermano. Nada parecía tener o provocarle esa mística y profunda conexión que se da con las pertenencias de un ser amado, nada parecía tener lo necesario para ser el amuleto que buscaba. Con tristeza aceptó que no le había ofrecido amor, que nunca le abrió su corazón a la niña que tanto le pidió jugar. Las lágrimas desbordaron sus ojos, y lloró con más fuerza al saber que esas mismas lágrimas eran lo único sincero y abierto que jamás le ofreció.


-¡Soy un hijo de puta! –recordó haber gritado. Desesperado arremetió contra las cosas del cuarto, arrojó las muñecas, pateo la cómoda, levantó la cama y la tiró contra un muro. Lloró y gritó un poco más. Y al abrir los ojos vio en el suelo, donde antes estaba la cama, un avioncito de papel, arrugado, pisoteado, viejo. Recordó que él lo hizo para ella de mala gana, ese avioncito nunca voló. Lo tomó, se sentó en el suelo, lo contempló, era lo único que lo ataba a ella pero sabía que no serviría como amuleto pues no estaba mediado por el amor.


Delicadamente lo desarmó, era una vieja hoja de papel en blanco. A su lado vio, tirados en desorden, los crayones de su hermana. Tomó uno y luego otro, con el rosado escribió en el papel la más inverosímil palabra que se le pudo ocurrir y al releerla supo sin duda que hacer. Con los crayones dibujó en la vieja hoja, usó todos los colores, pintó todos los detalles que pudo, al final contemplo su obra y sonrió tímidamente.


–Esto tiene que funcionar- se dijo. Dobló nuevamente el papel siguiendo los quiebres de la hoja, el avioncito cobró de nuevo su forma, lo prensó con fuerza para eliminar algunas arrugas y se aseguró un par de veces que este volara; satisfecho lo guardó en el bolsillo de su camisa favorita, la blanca y se fue a su propio cuarto a dibujar lo necesario para su viaje…


Las paredes del recuerdo se deshicieron en volutas de humo al ver que frente a él por fin apareció la puerta de su cuarto. No se detuvo, arremetió contra ésta, que se abrió con un estruendo tal que pareció un trueno. Dejó a Marcela sobre la cama, la contempló por un segundo y procedió a trancar la puerta con todo mueble que halló. La silla, la mesa de dibujo y el nochero fueron apilados lo mejor que pudo, sabía que estos no darían mucha resistencia, pero eran mejor que nada.


Miró alrededor, sorprendido notó que su cuarto no parecía diferente. Bajo sus pies encontró sus armas y munición, tan sólidas como el cuerpo de su hermana quien dormía sobre la cama. Buscó entre el armamento tirado por el piso y tomó la ametralladora Thompson, su arma favorita de todos los tiempos, fue la última arma que dibujó. ¿Y cómo no hacerlo? -recordó haber pensado- sí iba a enfrentarse a lo desconocido, equipado tan sólo con su fe puesta en algunos garabatos sobre papel, lo haría sosteniendo el detallado modelo de un arma con actitud y estilo, esa era su Chicago Typewriter, la Thompson, aquella que todo personaje que amaba en la gran pantalla sostenía como lanza y escudo. Tomó un par de tambores de balas, la cargó, apretó con fuerza las empuñaduras de madera, inhaló y espero frente a la puerta.


-Una vez te encuentres en el cuarto, enfrentaras en duelo a la sombra –los ojos de la anciana desaparecieron ocultos por una caprichosa sombra-. Debes debilitarla, sólo así, cuando su fuerza haya menguado, podrás despertar a la niña de su sueño. Entonces usaras el amuleto que te liga a ella, recuerda que debe ser algo mediado por el amor, con la fuerza suficiente para romper el influjo de la bestia y recordarle a ella que pertenece a nuestro mundo y no al de la oscuridad.


Sin más aviso que un súbito estruendo, supo que la hora final había llegado. Un nuevo estruendo y vio como la puerta y la barricada se agitaban. Un último estruendo y la barrera cedió ante la fuerza de la criatura, que entró de un salto, rugiendo, escupiendo bocanadas de cucarachas que cubrieron el cuarto; inquietas invadían su santuario y parecían susurrar palabras de odio. Dio un paso atrás agobiado por la que sin duda era la visión de la cólera pura.


Entonces una inesperada lluvia de fuegos artificiales silbó cruzando el cuarto para estrellarse contra la oscura silueta. Había comenzado a disparar, pero sólo hasta ahora se daba cuenta. La ametralladora expelía incesante rayos de luz, estridentes, que volaban por el cuarto describiendo cabriolas y volteretas, para detonar en forma de estrellas, círculos, flores, y constelaciones en el cuerpo de la bestia; que se convulsionaba y retorcía echando cenizas a cada impacto.


-No debes detenerte –insistió la anciana con los ojos perdidos aún en la penumbra-. Una vez comience la pelea sólo deberá parar cuando uno de los dos pida clemencia al otro. Tendrás que hacer lo posible para que tu monstruo sea quien busque en ti el descanso, de lo contrario no habrá esperanza para nadie.


Con cada estallido, con cada bala usada la sombra pareció encogerse. Arrinconada chillaba con desespero, sus lamentos provocaban en él escalofríos de miedo, como si una hoja de sierra le cortase la espalda. Firme sostenía su arma en pos del engendro, no le daría oportunidad para arremeter contra él.


No era conciente de cómo o por que sucedía, pero las balas dibujadas por él no dejaban de alimentar el arma. De repente se preguntó si la munición sería suficiente para terminar la tarea –¿Por qué no hice más de mil seiscientas balas?- pensó. Fue cuando escuchó que su hermana, a su lado, susurró pidiendo la compañía de alguien cuyo nombre no logró escuchar. Se detuvo y la buscó con la mirada esperando, esta vez, estar ahí para ella; la niña se movió buscando comodidad en la cama y regresó solitaria hacia el silencio. El terror recorrió su cuerpo al darse cuenta que había descuidado a la sombra, la buscó, pero ya no estaba. Corrió hacia Marcela, la abrazó.


-Marcela, hermanita despierta. Tengo algo para ti –La niña entornó los ojos tratando de enfocar el rostro frente a ella, pero no parecía reconocerlo-. Marcela tengo un amuleto, es algo especial; se que no he sido un buen hermano y quiero que me perdones por eso. Es mi culpa, todo lo que te ha pasado es mi culpa; pero encontré algo y te lo quiero dar. La anciana me dijo que tenia que encontrar algo que nos uniera, la verdad no hay mucho, pero se que esto es especial y quiero que lo veas.


Llevó su mano izquierda hacia el bolsillo de la camisa en busca del viejo avioncito de papel; pero se detuvo al ver que, bajo sus pies, el suelo negro se convulsionó como si tuviera vida. Tarde se dio cuenta que por sus piernas subían miles de cucarachas, siseando llenaban sus oídos de palabras que comprendía con la terrible certeza de la decepción. Era su propia voz, eran sus palabras, eran las miríadas de groserías, incoherencias, excusas, impertinencias, ofensas y tonterías que había pronunciado a lo largo de su existencia. Estaban allí, en boca de millones de cucarachas que lo consumían atiborrando su cuerpo de la más profunda vergüenza.


-¿Acaso mi voz nunca ha dicho nada bueno? –Preguntó en voz alta-. ¿Sólo soy la sumatoria de infinitas quejas?- Si, parecieron decir al unísono los insectos. Agitó su cuerpo, ahora negro, tratando de sacarse los bichos. Manotear no parecía funcionar, por cada golpe dado, una veintena de parásitos caían muertos, pero cien más llenaban prontas el espacio. Se arrojó contra las paredes, rodó por el piso, gritó tratando de acallar el recuerdo de sus omisiones pero nada parecía liberarle.


-¿Lo ves? Sólo eres un niño perdido, el remedo de un hombre. –Era la oscuridad quien hablaba, estaba dentro de su cabeza-. Un cuerpo vacío, es tu culpa lo que eres, por tu culpa la niña se perdió. Vino a mí buscando quien la amara pues tú sólo tienes ojos para ti. Te daré un presente, te daré la memoria que has querido ahogar con tu adicción. Ven conmigo, te enseñaré lo que te niegas a ver.


Concluirá…


Entradas relacionadas

1600 balas (Primera Parte)

1600 balas (Segunda Parte)

1600 balas (tercera parte)

1600 Balas (Cuarta parte)

1600 balas (Quinta parte)

-Altais-

3 comentarios:

  1. Esta historia es genial. No me canso de decirlo.
    Por favor no te demores tanto para la próxima entrega.

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  2. quiero el libro y se que puedes!

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  3. Aunque no me gustan los insectos ... muy necesarios en la hostoria!!

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